El afán de pegarse con la misma piedra dos veces

¿Puede un país olvidar las señales que una vez identificó con claridad? Este artículo reflexiona sobre la tendencia de muchos venezolanos a observar otros procesos políticos como si todos los proyectos fueran equivalentes. Una mirada sobre la memoria democrática, la polarización y el riesgo de repetir errores que ya conocemos demasiado bien.

Hay algo que siempre me ha llamado la atención de los venezolanos. Esa necesidad de sentirnos el ombligo del mundo. O, como dirían en Maracaibo, de creernos la pepa del queso.

Pasa cada vez que hay elecciones en cualquier país de América Latina. De repente, todos nos convertimos en constitucionalistas, estrategas electorales, expertos en seguridad, economistas y analistas internacionales. Opinamos con una seguridad que ya quisiera cualquier académico. Emitimos sentencias morales definitivas sobre procesos políticos complejos y, muchas veces, sin matices.

Pero, más que esa arrogancia tan venezolana, hay algo que me preocupa mucho más: nuestra escasa capacidad para aprender de nuestra propia historia.

Durante estos días revisé decenas de grupos de WhatsApp llenos de venezolanos que saben perfectamente lo que significa perder una democracia. Gente que vivió el cierre progresivo de los espacios institucionales, la captura de los poderes públicos, la persecución política y el exilio. Gente que ha visto a familiares irse, que ha hecho colas para sobrevivir y que conoce de primera mano las consecuencias de un proyecto autoritario.

Y, sin embargo, allí estaban otra vez.

Opinando sobre las elecciones colombianas como si todos los actores políticos fueran exactamente iguales. Poniendo en el mismo plato y en el mismo rango moral a Iván Cepeda y a Abelardo de La Espriella. Repitiendo el mismo error que durante años cometimos en Venezuela, cuando algunos insistían en equiparar a la oposición democrática con el chavismo.

No. Las cosas no son iguales.

La oposición venezolana puede tener casos cuestionables, dirigentes mediocres, errores estratégicos e incluso episodios de corrupción. Todo eso merece crítica y escrutinio. Pero jamás podrá ubicarse en el mismo cuadrante moral que un régimen responsable de violaciones sistemáticas de derechos humanos y de provocar el éxodo de más de nueve millones de venezolanos.

Del mismo modo, Abelardo puede ser cuestionado por muchas cosas: es un personaje estridente, propenso a la grandilocuencia, con posiciones que considero machistas y con un historial profesional que incluye la defensa de personajes profundamente cuestionados, entre ellos figuras vinculadas al entramado de corrupción y poder del chavismo. Todo eso es legítimamente criticable.

Pero una cosa es cuestionar el carácter, el estilo o incluso la trayectoria de un candidato, y otra muy distinta es ignorar las implicaciones de su proyecto político. Mi preocupación con Cepeda no pasa por sus modales ni por sus discursos. Pasa por una visión del poder que, a mi juicio, apunta hacia una transformación profunda de las reglas institucionales del Estado colombiano y que coquetea con fórmulas que los venezolanos conocemos demasiado bien.

Quienes vivimos el proceso venezolano sabemos que las democracias rara vez se derrumban de un día para otro. Lo hacen gradualmente, bajo la promesa de refundar la República, corregir las injusticias históricas o construir un nuevo pacto social. Así comenzó Chávez. No con tanques en las calles, sino con la promesa de resetear un sistema que, según él, estaba agotado.

Por eso me sorprende que tantos venezolanos observen estos debates como si se tratara simplemente de una disputa entre dos candidatos igualmente defectuosos. No todas las imperfecciones son iguales. No todos los riesgos son equivalentes. Y no todos los proyectos políticos conducen al mismo destino.

Lo verdaderamente llamativo es que muchos venezolanos parecen haber perdido la capacidad de detectar las señales de alarma institucional que antes reconocían con facilidad. Porque, más allá de quién gane o pierda una elección, lo importante es la relación que los líderes políticos tienen con las reglas del juego democrático.

Solo la participación descarada de Gustavo Petro en la campaña y su desconocimiento de los resultados electorales deberían ser motivos suficientes para que, de entrada, ningún venezolano apoye a Cepeda. Porque nosotros sabemos lo peligroso que es cuando los líderes comienzan a desconocer las leyes y a sugerir que las instituciones solo son válidas cuando les dan la razón.

Lo vimos con Chávez. Lo vimos con Maduro. Lo vimos cuando se despreciaba cualquier resultado adverso y se convertía al adversario político en un enemigo ilegítimo. ¿O no recuerdan a alguien decir «una victoria de mierda» para referirse al triunfo opositor?

Tal vez el problema de los venezolanos no sea la falta de memoria. Tal vez recordamos demasiado bien lo que ocurrió. Lo que pasa es que hemos desarrollado una peligrosa habilidad para convencernos de que las tragedias siempre suceden en otro lugar, con otros nombres y bajo otras banderas.

O quizás sea aún peor. Quizás los años de chavismo produjeron un daño más profundo del que estamos dispuestos a admitir: una erosión de nuestra capacidad para analizar la realidad con serenidad y sentido crítico. Nos acostumbramos tanto a la polarización que terminamos reaccionando por reflejo, como animales que se lanzan sobre la presa que tienen enfrente sin detenerse a examinar si está contaminada.

Siempre será mejor votar por un hombre inmoral sometido a instituciones democráticas que por uno que busca cambiar esas instituciones por otras. La memoria democrática no es un patrimonio permanente; es un músculo que debe ejercitarse.

Si renunciamos a ella, si dejamos de reconocer las señales de alerta que una vez vimos con claridad, terminaremos haciendo exactamente lo que juramos evitar: tropezar una y otra vez con la misma piedra.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.