
¿Cuántas veces puede salvarte una madre?
Crónica del terremoto en Venezuela: una historia sobre una madre, el miedo y la esperanza en medio de la tragedia.
Contaba George Orwell en su novela Burmese Days que «los terremotos son divertidos, pero solo cuando ya han pasado». De igual manera ocurre con los divorcios, los accidentes, las caídas estando borrachos y las confusiones al hablar. De ninguna de esas posibilidades estamos exentos y creemos que van a ser las únicas torpezas que nos harán cometer más tonterías. Tal vez la única excepción sea el evento natural que comentaba el buen George, cuando trabajó de policía en Burma (actual Myanmar) a sus escasos 25 años.
La sorpresa
Se trataba de un suceso sorpresivo. El 24 de junio de 2026, lo que pensábamos que era un temblor resultó ser un terremoto doble de 7.2 y 7.5 en la escala del coño e’ su madre.
Yo le daba de comer a mi mamá y salí un momento al pasillo. Mientras escuchaba la televisión de fondo, noté que Manchita, la gata de la casa, comenzaba a ponerse en posición de caza mirando hacia la puerta de la calle. Pensé que olfateaba algún roedor o un plumífero carroñero de esos que ahora pululan entre los pasillos de los edificios de la urbanización. Pero resultó que el sonido de la puerta anunciaba algo más.
Ese rectángulo marrón comenzaba a tener vida propia. Empezó a dar tumbos y todo el apartamento rompió a sacudirse, igual que cuando un perro gordo se rasca el lomo en busca de pulgas, no sin cierta displicencia orgánica. En la urgencia, y al empezar a escuchar los gritos de los vecinos, la gata quiso subirse a mi pecho, pero salió disparada buscando algún lugar menos inquieto.
Caminé por el pasillo tratando de llegar al cuarto de mi madre, no sin ver cómo, en la cocina, un tanque de agua de casi dos metros se echaba una especie de baile torpe cuyo mayor acierto era lanzar agua de lado a lado. La puerta de la cocina se me cerró grosera al pasar, como si algún poltergeist tarambana quisiera dejar en claro que le caía mal y gordo; por no decir que ambas cosas no puedan ser lo mismo.
Al pasar entre los cuartos pude ver el marco de una ventana que da hacia una quinta vecina. Allí, el marco de referencia hizo lo propio en estos casos de agitación universal: me mostró una mata de mango que se salía de cuadro, zarandeada por una mano invisible que hacía parecer a aquel inmenso árbol un simple racimo de céleri monstruoso y que no parecía cansarse de lanzar una lluvia de mangos, que sonaban contra el piso como el ensayo de un baile de tap de una niña talentosa (si uno la evalúa desde los ojos del cariño).
Al llegar, en esos segundos eternos, al cuarto de mi madre, la vi comiendo impertérrita unas galletas del postre con tales ganas que pensé en no decirle nada, no fuera a ser que le arruinara el apetito.
Al acercarme a ella, el cuarto se movió más fuerte, los gritos afuera aumentaron y las cosas caían de las repisas más altas. Fue entonces cuando me dijo:
—¿Está temblando, verdad?
—Sí, madre.
A lo cual me respondió con la calma de una azafata de las aerolíneas del fin del mundo:
—Entonces vamos al marco de la puerta, hasta que pase. Y agarra el morral con las medicinas.
Mientras el sismo insistía en quedarse para siempre, comenzó a rezar la oración que mi tía Ángela Bonilla Agüero le enseñó en una iglesia de Pariata hace más de siete décadas:
«Ave María, gracia plena, salve Dios este lugar y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar y María concebida sin pecado original».
No tengo registro de cuántas veces la rezamos tomados de la mano. Posiblemente seis, ocho o cien repeticiones, como si intentáramos una armonía, a todas luces desafinada, pero sin duda sentida y reverenciada.
Desde allí entré en una zona de tranquilidad, y en mi mente dije: «Si esto fue la vida, fue buena y me voy en paz». Hacia mi derecha pude ver una imagen de Jesucristo y, más allá, un calendario maravilloso de ciencia ficción, cortesía de mi querida Elena Brozkowski por la última Navidad. El Cristo tenía a su izquierda a un cyborg fumador, mitad luchador de ring, mitad investigador privado.
Después de esos pensamientos de ahogado en mis propias endorfinas, entendí que la convulsión de la tierra había cesado.
Lo que pasó pasó
Minutos después la gente corría escaleras abajo: mujeres en pantaletas, hombres sin sus eternas gorras de los Yankees que les sirven de peluquín, raperos gagos, tatuados maulas con la mitad de la barba pintada de rubio, jóvenes cargando viejos, viejos cargando ventiladores, perros en brazos de niñas y fantasmas confundidos que veían desde las grietas a esas personas que deberían asustarse por sus apariciones nocturnas huyendo, a pleno día, descalzos y masticando bocados apenas tibios, hasta los pasillos exteriores de un edificio que, como un barco viejo y feo, tuvo más madera que los bellos y recién estrenados que se erguían en otras calles, con camionetas carísimas en el estacionamiento, manejadas por enanos empistolados, secretamente envidiosos de las prepagos de sus jefes.
Pasaron cincuenta minutos, luego una hora y algunos minutos más, y nuestros vecinos Beatriz, Alecsi y Miguel vinieron a saludar a mi mamá.
Le preguntaron:
—¿Y entonces, Iris, cómo pasaste el temblor?
Y ella, en el clímax de sus 91 años, respondió:
—¿Temblor? Yo no he sentido ningún temblor.
Todos reímos.
Al irse nuestros amigos, mi mamá me dijo que no me preocupara; que en Cumaná tiembla mucho y que en Costa Rica más; que ahora, como que está de moda temblar por aquí en Caracas también. Y que, además, ella con los niñitos de segundo grado siempre hacía simulacros en las escuelas Guanche, Santeliz y Corazón de María.
La suerte de San Juan
Estamos claros en que nuestra suerte no fue la de muchos, y eso lo agradecemos cada vez más en la medida en que nos enteramos de las dimensiones del terremoto del día de San Juan.
Ese día, lo que creímos que era un simple ruido producto de las bullas cotidianas de siempre fue, por el contrario, una muestra clara de que hay una sorpresa escondida en cada minuto de la vida. Para vivir no solo hace falta no estar muertos, sino saber jugar en un tablero que todos los días cambia sus piezas, sus reglas y sus trampas.
El vivo al bollo
La gata apareció al rato. La alcé unos segundos y sentí su corazón a millón. Luego, moviendo su larga cola, se fue a revisar toda la casa, solo para empezar a maullar frente a su plato vacío.
Como ella, nosotros los humanos, sin saber cómo ni por qué, seguíamos vivos, sin un horizonte cierto hacia donde seguir la marcha en un país que no ha permitido a nadie diseñar una vida autónoma y sensata, sino más bien dar tumbos en una versión obediente de un juego roto, hecho de piezas inconexas y prestadas que jamás funcionarán, pero en el que insistimos en creer que, más adelante, allá en un futuro impreciso, llegará el momento en que todo, absolutamente todo, estará mejor.