
Contra el arcaísmo
Una mirada polémica sobre el presente y sobre las batallas que siguen definiendo el futuro de la democracia.
Una de las cualidades más especiales, única, diría yo, que tiene la concepción de la nación estadounidense es que pertenecer a ella, desde el punto de vista de sus fundadores, parte básicamente de compartir una idea: la idea de la libertad.
La Constitución de Estados Unidos, junto a sus enmiendas, se propusieron construir un país en el que tener la disposición de ser libre y respetar la ley, bastara para incorporarse. En los manuscritos originales de este país ni siquiera se hacía alusión al lugar de nacimiento u origen del estadounidense. Y de hecho, Hamilton (sí, el del famoso musical de Lin-Manuel Miranda), uno de los grandes fundadores y constituyentistas de Estados Unidos, había nacido en una isla del Caribe.
Es por eso que Reagan decía: usted puede nacionalizarse francés y hacerse francés, pero nunca será francés. Pero si usted viene a Estados Unidos se convierte en estadounidense. Porque Estados Unidos, originalmente, es el país de la libertad, de la tolerancia, del respeto, de la pluralidad. Y compartir esos ideales es suficiente para formar parte de esta nacionalidad.
Es la única nación en la Historia que ha sido fundada de esta manera. Y por eso ha sido, por los dos siglos y medio de su existencia, una cultura excepcional, nunca antes vista en la civilización, con una capacidad de cambio enorme, y una dinámica que en sí misma es un catalizador para las potencialidades individuales de cualquiera. El “sueño americano” es, en rigor, no sólo tener la libertad para ser quien quieras. Sino vivir en un entorno que te estimula a hacerte de lo que haga falta para recorrer tu propio camino.
Nunca he sido fannático de las comparaciones. Nos ayudan, pero no son atajos. Trump y Chávez comparten características que comparten todos los populistas. Pero ni Estados Unidos es Venezuela ni cada una de estas sociedades engendraron los mismos monstruos con las mismas debilidades, sistemas inmunológicos ni falencias históricas ni fundamentos religiosos.
Pero hay comparaciones inevitables. Hace poco leí que al yerno de Edmundo González, el presidente electo de Venezuela, cuando lo detuvieron en Caracas para cobrar la revancha de haber perdido las elecciones, lo detuvieron una mañana mientras llevaba a sus hijos al colegio. Se lo llevaron unos civiles encapuchados a la fuerza y dejaron a sus hijos solos en medio de la calle. Me fue inevitable pensar: es exactamente lo mismo que hace ICE.
Me ocurrió igual cuando aquel agente de ICE disparó sin ningún motivo a Renee Nicole Good. Me vinieron a la cabeza las imágenes de los camiones del aparato represivo chavista tratando de atropellar a los manifestantes en Caracas.
Trump ha devuelto al poder, como lo ha hecho el chavismo, sus expresiones más crueles. Y en ambos casos, disfrazados, son todos actos profundamente antinacionalistas. El chavismo desmanteló todos los símbolos, historias, empresas, culturas y tradiciones venezolanas que le fue posible. Ha sido un movimiento al que la venezolanidad le repugna y le produce ira (tanto, que tivo de Presidente a alguien que no era venezolano, contrario a la ley vigente). Con Trump pasa algo parecido: en 25 años que tengo en Estados Unidos, nunca vi un gobierno tan contrario al espíritu estadounidense. Donde los seres humanos no son iguales frente a la ley, donde la libertad se castiga arbitrariamente, donde los asilados son discriminados, donde el color de piel y tu nacionalidad te hacen menos. Trump y el trumpismo representan todo a lo que se opone el espíritu con que se constituyó este país. Espíritu gracias a los cuales gente como él, de ancestros alemanes, es estadounidense.
Son expresiones que pertenecen a sociedades premodernas, donde se expulsa al distinto, se impone la fuerza, se usa el poder para abusar. Rasgos arcaicos que hacen habitar a Estados Unidos en un reino de valores que no le es propio, o al menos no fue para lo que se constituyó.
El Estados Unidos de Trump es una versión moderna de las ciudades estados anteriores al Renacimiento, cuando cada cultura que sentía que tenía poder militar, trataba de expandirse y adueñarse de territorios a la fuerza, imponía normas arbitrarias que sometían a la gente y decidía quién valía más o menos.
Todos los días ocurren cosas preocupantes en este país. Hace apenas días en ICE se decidió dejar de informar sobre las muertes de sus detenidos. ¿Alguien recuerda a Carmen Navas? Luego, en el Pentágono se contrató a uno de los activistas que irrumpió en el Congreso en 2020 y que se había declarado culpable, con exoneración posterior del primer mandatario. ¿Pistoleros de LLaguno?
Trump representa todo el arcaísmo contra el que la civilización ha luchado para hacer un mundo mejor. Así como el chavismo ha representado un vuelo express de Venezuela hasta le siglo XIX, así el trumpismo supone las piedras de tranca más grande para hacer efectivas las grandes virtudes que tuvo siempre la nación norteamericana.
Eso no quita que quienes adversamos gobiernos como estos no debemos preguntarnos qué quiere decir la gente cuando elige gobernantes tan nefastos, y tratar de que las peticiones de los pueblos (se me ocurre a mí que los políticos deben vivir menos del erario público y ser más propensos a solucionar problemas efectivamente, por ejemplo, en lugar de vivir de una retórica que los hace sentir más como obstáculos que como catalizadores).
Pero en principio, los cambios que vivimos en el mundo, y que nos están llevando a plantearnos un nuevo tipo de democracia, pueden convertirse en un gran retroceso si no nos oponemos a gobiernos como el trumpista, que usa la aniquilación del otro, la fuerza ilegal, la discriminación y la vejación como forma de ejercicio del poder.
Y digo Trump porque Estados Unidos tiene un enorme peso en la dirección del mundo en esta etapa de la historia, pero digo también Bukele, Chávez, Erdogan, Orban, y sus secuaces, monedas frescas de un arcaísmo que parece querer repetirse una y otra vez en la historia de la humanidad, pero que sólo venciéndolos podemos encontrar mejores maneras de ser, mayor civilización y un mundo más próspero, más amable, más justo y de más oportunidades.