
La burbuja de Washington, DC y la escasez liberal
¿Qué ocurre cuando una sociedad deja de intentar entender a quienes piensan distinto? Este texto explora la Washington liberal desde dentro y plantea una pregunta incómoda: si toda la política gira alrededor de Trump, ¿quién está construyendo realmente una alternativa? Un análisis sobre polarización, democracia y el vacío político que crece en Estados Unidos.
Del trumpismo se ha hablado hasta el cansancio de sus males. Pero de la propuesta alterna se habla poco. Por una razón: ha desaparecido.
Ni en mis más remotos sueños pensé nunca que iba a vivir en Washington. Lo mismo me pasó con Miami. Y hasta con Venezuela. Crecí pensando que yo era poco venezolano (luego, afuera, me dí cuenta de que era, sí, el lugar común, más venezolano que la arepa. Y además me encanta).
Tenía la imagen que tienen todos los turistas de esta ciudad -no hay nada más vano que la mirada de un turista-: ceremonial, llena de historia, un centro político, multilateral, de grandes edificaciones marmóreas. Pero vivir aquí me ha hecho experimentar la urbe en la que habitan y respiran los lugareños, no los transeuntes. Precisamente, parte de quienes viven aquí son transeúntes: trabajadores temporales de multilaterales, personal diplomático, políticos de paso, comisionados. Pero entre quienes hacen vida instalada de forma más permanente hay todo un universo que, a Dios gracias, no es conocido entre los turistas clásicos.
Este no es un texto para hablar de esa otra Washington, DC, pero la descripción viene a lugar para señalar algo que hay en ella, culturalmente hablando, que nos hace pensar en mucho más. Esta es una ciudad liberal en el sentido estricto de la palabra. Increíblemente liberal. Nunca conocí una ciudad tan absolutamente liberal. Ni en Europa, ni en Latinoamérica, mucho menos en Estados Unidos.
Aquí la diversidad es un “given”, como se dice en inglés. Ser distinto (negro, blanco, latino, gay, usar pulseras en el pelo o zapatos en los ojos) no sólo no extraña a nadie, sino que no reduce ni un ápice la cordialidad que reina en la calle. La gente se trata bien. Recicla. Tolera. Marcha para ejercer sus derechos políticos, maneja muchísimo bicicleta y autos eléctricos, usa el transporte público, que es maravilloso.
En Washington, ser salvadoreño, etíope, venezolano, neoyorkino, californiano, francés, argentino o italiano no hace una diferencia. Los homeless hablan con los peatones con bastante frecuencia, nadie les tiene miedo. Casi todos coinciden en cuestiones elementales: la libertad es fundamental, la solidaridad también lo es, el derecho y el deber son la llave de la convivencia, las injusticias deben ser desmontadas, la prosperidad es un bien plausible, el conocimiento es fundamental, la academia es sagrada, la gastronomía, la arquitectura, las artes y otras sofisticaciones de origen burgués se practican sin complejo alguno.
Hasta aquí todo va bien. Pero hay un enorme hoyo negro. En esta ciudad, lo que no es liberal, es desconocido, no se registra. Trump tiene unos niveles salvajes de rechazo (supera el 95%) y ser trumpista es algo así como ser extraterrestre. No hay ninguna consideración, comprensión, reconocimiento de que otros (más de la mitad del país) han elegido el gobierno actual. No sólo los puentes están rotos, sino que la posición del liberal (al menos en Washington) parece considerar irreconciliable, imperdonable, sin punto de negociación, a todo aquel que haya preferido el gobierno de turno (que ganó por mayoría, no es un detalle menor).
No he escuchado a nadie siquiera que se haga la pregunta: ¿qué estarán viendo o sintiendo mis compatriotas en este hombre que yo no puedo ver? O, ¿qué seguimos teniendo en común como para poder trabajar en algunos aspectos en conjunto?
Las calles de Washington están llenas de pancartas y consignas que repudian a Trump. Y yo imagino que los escasos trumpistas que hay deben vivir en su mayoría en silencio. Las verdades liberales, aquí, no tienen discusión (una postura que en sí misma es anti liberal) e independientemente de lo muy cuestionable que es este gobierno, es imposible que los cuestionamientos sean constructivos si no hay capacidad de diálogo.
En Washington, el trumpismo parece insólito, extraterrestre, inaudito, inverosímil, inconcebible, y no el movimiento que agrupó hace menos de dos años a la mitad de los electores.
Esto tiene resultados que son aún peores que el gobierno: lo primero es que ésta es la muestra de cuán fragmentado está este país; lo segundo es que es muy difícil influir en un gobierno con quien no se puede siquiera compartir el ascensor y lo tercero, y peor, el discurso de la acera del frente del trumpismo no trata de entender a la totalidad del ciudadano para dar respuestas distintas que el mandatario, sino que su agenda es hablar mal de Trump. El líder populista ha logrado su cometido: sólo se habla de él.
Visto así, cada derrota de Trump es un voto en su contra, pero no hay una propuesta alterna. Y es muy difícil construir sin una imagen que se persiga, sin un ideal. Los demócratas estadounidenses ya no son sólo víctimas del populismo, sino protagonistas. Se convirtieron en la amenaza de que el otro exista. Hicieron realidad el discurso maniqueo que divide desde el poder a unos u otros.
Parece mentira, pero si las elecciones fuesen hoy en Estados Unidos, es más probable que las propuestas alternas vengan del terreno conservador (un campo político fértil y con muchas oportunidades) que del liberal, que parece presa de una enfermedad inoculada y apropiada: la de que en su imaginario el mundo se divida en trumpistas y no trumpistas.
Ojalá y la ceguera pase pronto. De lo contrario, la alternabilidad y la democracia están en peligro en Estados Unidos.