
El Béisbol en Venezuela: El rey David (y III Parte)
David Concepción estuvo cerca de regresar a las menores, sufrió una lesión que truncó su primer Juego de Estrellas y tuvo que aprender a convivir con la enorme presión de jugar en uno de los mejores equipos de la historia. Pero terminó convirtiéndose en una pieza fundamental de la Gran Maquinaria Roja.
Abril de 1970. Nueve meses después de que Neil Armstrong pisara la luna, David Concepción debutó en las Grandes Ligas. Solo dos años en las menores le tomó llegar hasta ahí, siempre con algo de suerte, pero con el talento y la disposición necesarios para aprovecharla. Sparky Anderson, que también debutaba, pero como mánager, acogió al venezolano bajo sus alas y le brindó, con hechos concretos, la confianza necesaria.
Por ejemplo, cuando en septiembre de ese año se ampliaron los rosters, Cincinnati subió desde Triple A a Frank Duffy, quien hasta hace poco era el principal candidato de la organización para el campocorto. Esto puede haber causado inquietud en David, pero Sparky se encargó de transmitir tranquilidad: Duffy participó en solo seis encuentros durante el resto de la campaña regular y no jugó ninguno en los play-offs. El norteamericano volvió al equipo grande la siguiente temporada, pero tras un mes de campaña fue cambiado a los Gigantes de San Francisco. La apuesta de Sparky era el aragüeño.
Aunque David se había establecido como un bateador respetable en Venezuela, en las dos temporadas siguientes en los Estados Unidos dejó números discretos. Puede que un fuerte esguince en el pulgar durante los entrenamientos primaverales de 1971 haya incidido en su promedio ofensivo. Pete Rose bromeó una vez sobre la delgadez del venezolano al decir que no debía preocuparse por tirones en los músculos, sino en los huesos. Pero bueno, quizás haya tenido razón, pero los huesos se unen con ligamentos, y estos se esquinzan. A raíz de la lesión, Concepción no vio acción durante las dos primeras semanas de la campaña. Se perdió diez juegos. Cuando regresó a la alineación, lo hizo como center field; luego pasó un par de semanas más saltando entre esa posición, la segunda base y el campocorto. A él no le gustaba jugar en los jardines; le tenía cierto miedo a la pared, que en aquella época no solía estar acolchonada. Según el propio Concepción, Sparky quiso que regresara al campo antes de lo previsto.
Cuando terminó la temporada de 1971, el aragüeño regresó a Venezuela y, junto a Teolindo Acosta, Rod Carew y César Gutiérrez, se echó a los Tigres al hombro. Esa temporada (71-72), Aragua conquistó su primer campeonato en la LVBP. Un motín de los jugadores importados antes del inicio de los play-off le dio un toque épico a la gesta: los criollos, liderados por David y dirigidos por Carew en el rol de mánager-jugador, sacaron la casta y se metieron en la final contra La Guaira. En esa instancia, luego de cuatro encuentros, los bengalíes estaban abajo en la serie tres juegos por uno, cuando los criollos de Aragua se activaron una vez más y protagonizaron una remontada histórica para llevarse el cetro. El de Ocumare dejó un promedio de .409 con cinco carreras impulsadas en la semifinal, y subió a .423 con dos jonrones y seis remolcadas en la final. Era la primera vez que David alzaba una corona absoluta como profesional, y lo hacía en su país, con sus Tigres. Aquí es donde se encuentra la primera reseña en la que se le acuña el término “rey”, solo que en la forma de “el rey de Aragua”.
Sin embargo, en los Estados Unidos, la sequía con el madero continuaba. En ese punto, y luego de lo demostrado en Venezuela, no se puede culpar a la lesión en el pulgar de lo que ocurría. Había algo más. Si bien el guante de David fue lo que enamoró a Sparky Anderson, el coach de bateo del equipo, Ted Kluszewski, aseguraba que el muchacho tenía potencial para convertirse en un buen bateador. Sparky asignó a Tony Pérez la labor de mentor del joven campocorto, y este se dio cuenta de que David se presionaba mucho a sí mismo. “Si un día se va de 4-0, eso lo mata”. Tony empezó a calmar a su pupilo con frases que disminuyeran su ansiedad.
David pensó que lo terminarían bajando a las menores. “Mira, Mague, nosotros estamos aquí dando palo y tú nada, ¡fájate!”, le solían decir Pete Rose y Johnny Bench. “Lo decían en tono de broma, pero eso me hacía trabajar más”, dice David. No hay duda de que lo hacían con buenas intenciones, aunque quizás lo que lograban era aumentar su ansiedad. Como destacan las crónicas de la época, en aquel clubhouse reinaba la camaradería, impulsada por una química genuina y el respeto mutuo entre los jugadores; buena vibra, pues.
Lo de Mague fue un apodo que le pusieron en Cincinnati. Resulta que el inglés del venezolano era muy malo durante sus primeros años, y cuando quería decir que un jugador era un mago con el guante, decía algo que sonaba como “mague”. Pete Rose, que tenía fama de poner sobrenombres a sus compañeros, no lo perdonó. Concepción jugó algunas temporadas en Venezuela con el “mague” escrito a mano en los zapatos. Recuerdo que por las tribunas pululaban varias hipótesis sobre el origen de aquello. “Así le dicen a su hermana, y él la quiere mucho”, era una de ellas.
Como sabemos, David nunca regresó a las menores. Su capacidad defensiva era suficiente para Sparky. Bien lo dijo la gran leyenda del campocorto, Pee Wee Reese, al comparar al rey con otros guantes de la época: “Puede que Mark Belanger sea un poco más fluido que Concepción. Larry Bowa es muy rápido. Rick Burleson es un líder nato. Bill Russell tiene un brazo preciso. Pero nadie hace todo tan bien como Concepción. Es posible que nadie lo haya hecho nunca.”
Sin embargo, la presión de los compañeros surtió efecto. En 1973, su cuarto año en las mayores, Concepción volvió a encenderse con el madero. Más allá de la presión de los muchachos, Tony Pérez tenía otra hipótesis: “El matrimonio lo calmó, le dio estabilidad”, dijo el mentor. En todo caso, el repunte ofensivo del recién casado, sumado a su sólida defensa, lo consolidó de una vez por todas como el dueño absoluto del campocorto de Cincinnati.
Ese año, David llevaba 56 empujadas, 8 cuadrangulares, 18 dobles, 22 bases robadas y un porcentaje de fildeo de .974, cuando fue seleccionado por primera vez para el Juego de las Estrellas. Todo iba viento en popa. Sin embargo, el destino le tenía guardada una mala jugada. El 22 de julio, un día antes del break del Todos Estrellas, el muchacho se fracturó el peroné y se dislocó el tobillo izquierdo.
El accidente empezó a fraguarse durante la cuarta entrada de un juego que los Rojos disputaban ante los Expos de Montreal en Cincinnati. En su intento por robar la segunda almohadilla, Concepción rompió el zapato izquierdo, por lo que tuvo que sacar del bolso un par de repuesto que le quedaba un poco grande. Tres innings más tarde, el aragüeño se embazó de nuevo. Corría en primera cuando Denis Menke conectó un rodado al campocorto en jugada de bateo y corrido. Al no haber oportunidad en segunda, Larry Lintz lanzó a primera. David sintió que podía alcanzar la tercera almohadilla y pasó por la intermedia sin detenerse. Al deslizarse en la base, el zapato grande, cuyas dimensiones no dominaba, se enganchó en la tierra y adiós al Juego de Estrellas, así como al resto de la temporada de 1973. Concepción dijo que jamás había sentido un dolor físico tan agudo. Sus propios compañeros lo sacaron en camilla del terreno y los fanáticos inundaron las oficinas de los Rojos con cartas deseándole pronta recuperación; aún hoy, varios de ellos aseguran recordar aquel momento con horror y tristeza. David venía de dos malas temporadas con el bate y estaba apenas en su cuarto año con Cincinnati; sin embargo, ya se había ganado el corazón de Ohio. El muchacho tenía un aura indiscutible.
Ese año los Rojos ganaron la división, pero cayeron ante los Mets de Nueva York en cinco juegos. Pete Rose declaró en una ocasión que la ausencia de David pudo haber marcado la diferencia; los “ocho grandes” estaban incompletos.
De vuelta en Venezuela, una vez sanada la fractura, el de Ocumare trabajó en su rehabilitación con los Tigres. Esa temporada participó en 19 juegos en los que incluso llegó a robar dos bases. Digamos que quedó algo rehabilitado para el momento en que viajó a los Estados Unidos para la temporada de 1974: Ese año David participó en 160 juegos —tope en su carrera en la MLB y el primer venezolano en hacerlo—, ganó su primer guante de oro, bateó para .281, sacó 14 pelotas del parque y estafó 41 almohadillas —también cifra tope en su carrera. El prospecto ya era una realidad.
Su imagen pronto se consolidó como la de un ídolo de la época, uno que estaba ahí mismito, en la TV desde el norte y en el estadio en Venezuela. Concepción asistía al pináculo de su carrera: En la Gran Carpa era miembro de un selecto grupo, algo así como una cofradía de elegidos considerada una de las mejores alineaciones de todos los tiempos en la MLB, la Gran Maquinaria Roja que ya en 1973 estaba completa con la llegada de su última pieza, Ken Griffey padre, y que había explotado por todo el mundo con la doble Serie Mundial conquistada en 1975 y 1976. David ganaba guantes de oro (5 en su carrera), bates de plata (2 veces), iba a juegos de estrellas (9 en total) y ganaba divisiones (6), ligas (4) y series mundiales (2); mientras que en Venezuela asistía a finales (8), ganaba campeonatos (3) y siempre estaba presente. Cuando la temporada de las Grandes Ligas finalizaba, David regresaba al país, tomaba unas semanas de descanso y se uniformaba de tigre para saltar al terreno de juego. Sin duda, era el debut más esperado cada año por la afición local.
Imaginen vivir aquellos años y ver a David ganar la final en Venezuela en 1975. De inmediato recoge sus corotos, se va a la Gran Carpa y gana la Serie Mundial de ese año. Ahí el apodo muta de “rey de Aragua” a la referencia bíblica “rey David”. Entonces regresa al país y gana de nuevo el torneo con los Tigres. Enseguida hace maletas, se va para el norte y gana la Serie Mundial del 76 y se convierte en el único jugador en la historia en ser bicampeón al mismo tiempo en la MLB y en la LVBP. ¿De quién más iba a hablar usted en esa época?
Y es que, además, la personalidad de David y sus reacciones ante la adversidad eran muy particulares. Por ejemplo, la sequía ofensiva al inicio de la temporada de 1976 con Cincinnati, cuando en los primeros 23 juegos de la campaña bateaba para .157 y sumaba ocho errores con el guante. Entonces se le ocurrió hacer algo desesperado. Antes del juego del 8 de mayo en el Wrigley Field de Chicago, Concepción se metió en la secadora de ropa del clubhouse y le pidió al lanzador Pat Zachry que la encendiera. Quizás lo más increíble es que Pat le haya hecho caso. David dio un par de vueltas dentro del aparato y salió con los chakras alineados. Ese día bateó de 6-3 con un doble y dos impulsadas, y en los juegos restantes de la campaña conectó para .304. Años más tarde, en algún momento en el que el hijo de Pete Rose bateaba menos de .200 en las menores, le pidió al padre algún consejo y este le contestó: “¿Qué haces preguntándome a mí? ¡Ve y pregúntale a David!”
Pero la vida tiene sus leyes, y nadie le gana al tiempo. Con los años, la Gran Maquinaria Roja empezó a desmantelarse y la carrera del aragüeño también entró en el ocaso. De esto hablaremos en la próxima y última entrega sobre el rey David.