Realismo o excepcionalismo: la gestión estadounidense de la Venezuela post-Maduro

Este análisis recorre las grandes tradiciones de la política exterior estadounidense —del excepcionalismo al realismo— para interpretar la estrategia actual de Washington: control de activos, construcción de interlocutores, seguridad hemisférica, petróleo e interés nacional

Venezuela no es un simple caso atípico, raya más bien en lo atópico. No se puede encuadrar en las gramáticas con las que Washington ha operado sus esquemas clásicos de regime change, lo que da lugar a una figura mucho más incómoda: la decapitación sin sustitución. Amputada su cabeza, el cuerpo del chavismo sigue moviéndose por pura inercia, como el insecto al que las hormigas vaciaron por dentro y del que solo queda el caparazón.

Sin embargo, nada de esto —a la manera shakesperiana— es locura, sino método. Venezuela vuelve a funcionar como el tubo de ensayo donde el Departamento de Estado prueba los dispositivos de neutralización de actores hostiles que luego exportará —o descartará— según el resultado obtenido. Siria ofreció un primer borrador cuando, tras 2012, se reconoció a la Coalición Nacional como representante legítima del país, entregándole activos y hasta un asiento en la Liga Árabe; pero aquel experimento, carente de un andamiaje jurídico, terminó disuelto en el éter de la guerra civil. Venezuela perfeccionó la fórmula en 2019 al crear ex nihilo un gobierno paralelo —presidido por Juan Guaidó— mientras consagraba a la Asamblea Nacional de 2015 como última instancia legítima de poder. Esa ha sido una ficción tan resistente que hoy sobrevive al interinato que originalmente la invocó. Bielorrusia recibiría tiempo después una versión diluida del mismo plan, con Svetlana Tijanóvskaya encumbrada como heroína democrática en el exilio, a la espera de los efectos de la «revolución de las zapatillas».

La brecha entre discurso y fines

El manual, decantado por los ensayos mencionados, actúa en tres grandes frentes: (I) el socavamiento de la imagen internacional del enemigo —Maduro deja de ser un gobernante y se convierte en el cabecilla de una organización criminal—, un encuadre que expulsa al rival del campo de la legitimidad política y lo circunscribe al terreno penal, donde ya no rigen las dinámicas convencionales de la dialéctica de Estados; (II) el control de activos (Citgo, las cuentas en el exterior, el petróleo), todos administrados por estructuras paralelas validadas en tribunales estadounidenses; y (III) la confección de interlocutores institucionales a la medida —ayer Guaidó, hoy Dinorah Figuera al frente de la misma AN del lejano 2015—, lo que permite a Washington negociar sin necesidad de reconocer ni al régimen de facto ni al mandato popular más reciente. En definitiva, una arquitectura que puede emplearse bajo el mismo Estado híbrido criminal y la «paz autoritaria».

Parafraseando a Mearsheimer en The Great Delusion, las grandes potencias occidentales revisten con retórica idealista su accionar inclemente; o, puesto de forma más sucinta: actúan como realistas y hablan como idealistas. Y, continuando con la misma tesis, cuando los grandes poderes adoptan políticas liberales en contravención de la lógica realista, no tardan en lamentarlo. A tan severa afirmación solo le caben excepciones cuando las superpotencias carecen de competidores, una circunstancia muy rara que se extinguió con el fin del momento unipolar de los años noventa. En un panorama donde China y Rusia son contrapesos efectivos en el orden mundial, la tentación de actuar como si el momento unipolar siguiera en pie resulta muy costosa.

Pete Hegseth afirma que los hechos de Venezuela son un asunto de supremacía hemisférica, de recuperación de un petróleo supuestamente «robado», de seguridad nacional y, de manera muy explícita —como declaró a la cadena CBS—, de acceso a energía y riquezas adicionales. Algo particularmente conveniente para unos Estados Unidos sobreextendidos, que abrieron un nuevo frente de guerra el pasado febrero en Irán.

Con todo lo expuesto, este texto busca ofrecer un panorama riguroso, aunque nunca exhaustivo, sobre los fundamentos de la política exterior estadounidense, a fin de iluminar su presente: un presente que, por supuesto, incluye lo que está sucediendo en el país.

Rubio delinea la hoja de ruta

El secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, afirmó en la Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC 2026), en una frase lapidaria, que «los ejércitos no luchan por abstracciones. Los ejércitos luchan por un pueblo; los ejércitos luchan por una nación. Los ejércitos luchan por un modo de vida».

A esta frase subyace un sólido contenido político, apoyado en una visión histórica y de política exterior claramente delimitada, en una combinación de las corrientes típicas norteamericanas: la realista y la excepcionalista. Explicar este trasfondo permitirá clarificar el estado de cosas actual y ofrecer un marco de interpretación para los eventos del poder mundial a través de su historia.

Cuando la Realpolitik destronó a la moral

El marco de interpretación de las conexiones y desconexiones en las relaciones internacionales para explicar el presente se sitúa, en principio, en las Guerras Mundiales, un período de gravedad política por medios bélicos y técnicos. El Congreso de Viena y el Concierto de Europa, estatuyendo un equilibrio entre las cinco potencias regentes de Europa posterior a la dinámica y caída napoleónicas —Rusia, Francia, Reino Unido, Prusia y Austria—, fueron minados por la interpretación militarista de la Realpolitik, entendida como el método de cálculo que permite interpretar lo político a través de medios cuyo fin apunta siempre a la suficiencia política, prescindiendo de valoraciones morales o religiosas. Las relaciones entre Estados, de medirse en términos diplomático-políticos, trastocaron sus análisis estratégicos en términos de potencialidad bélica.

Las Guerras Mundiales fueron sistemas industriales enfrentados, con la categoría bélica integrándose a la distribución del trabajo bajo la idea de progreso. Desde las relaciones internacionales, sus variables de interpretación fueron el realismo y el neorrealismo: aquel da primacía a la interpretación del Estado como mónada autosuficiente frente a otras mónadas, mientras que este interpreta a los Estados como un sistema de interrelaciones, condicionados como elementos de una estructura.

La Guerra Fría como guerra de relatos

En el período de posguerra se operó un reordenamiento en las relaciones internacionales: surgieron dos bloques relativamente homogéneos en una disputa que había sido pospuesta por la necesidad de las alianzas inherentes a las guerras mundiales. La Rusia soviética, a pie de lucha con los países capitalistas, en «una “coexistencia pacífica” en unos términos que anteponían la colaboración práctica a las exigencias de la ideología», en palabras de Henry Kissinger.

La Guerra Fría fue un conflicto de horizontes interpretativos enfrentados, modus cognoscendi ideológico que subordinó la geografía política —hoy diríamos, en un lenguaje metapolítico, lo telúrico enfrentado a lo talasocrático— a una forma abstracta y programática de conocer y relacionarse con el mundo. El salto se operó hacia el constructivismo en las relaciones internacionales, el cual postula que la versión que los Estados cuentan de sí mismos, de sus relaciones y del mundo influye en su posición y presentación de poder.

Vuelta al origen: la ortodoxia estatal bajo un nuevo nombre

George Washington, dada la hegemonía y condición de independencia territorial de los Estados Unidos, aconsejó a la posteridad no entrar en alianzas comprometedoras, lo cual se refería, en el fondo, a una crítica al sistema de equilibrio de poder con su sistema de alianzas —el sistema de equilibrio de Metternich—. Según Kissinger, «la nueva nación no consideró el consejo de Washington un juicio geopolítico práctico, sino una máxima moral».

Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson encarnaron dos escuelas de pensamiento que pueden entenderse mediante la distancia que los acerca o los separa del padre fundador. Roosevelt entendía las relaciones internacionales como una lucha entre intereses contrapuestos, en cuya consecución, mediante un sistema de alianzas, surgía un equilibrio de poder (correlato político de la «mano invisible» de Adam Smith). Wilson planteó la modificación de la historia política occidental a través de un idealismo que postulaba que existía una moral entre naciones, análoga a la de los individuos; que los Estados Unidos estaban llamados a una universalización de sus instituciones, mediante las cuales reinarían la paz y la concordia inherentes al género humano; y que la paz no nace como resultado de un choque entre Estados, sino como acuerdos de seguridad mediados por las leyes y la sanción moral, junto con la opinión pública.

De estas dos escuelas de pensamiento diplomático, la que tuvo la preeminencia fue la de Wilson, cuya síntesis son Los catorce puntos. Los cuatro primeros establecían: diplomacia abierta sin tratados secretos, libre navegación en los mares durante la guerra y la paz, igualdad de condiciones comerciales y disminución de armamentos entre todas las naciones; y el decimocuarto, la creación de la Sociedad de Naciones.

Tanto las Guerras Mundiales como la Guerra Fría fueron extensiones y contracciones de un tipo de wilsonismo que, para Kissinger, es un corolario del consejo de Washington: «[lo que este] quiso decir, según Wilson, era que los Estados Unidos no debían inmiscuirse en los propósitos de otros. Pero, afirmó Wilson, nada que concierna a la humanidad “puede sernos ajeno o indiferente”».

Toda la política mundial occidental posterior a la entrada de Estados Unidos en la escena global —inaugurada por las Guerras Mundiales— giró en torno a su excepcionalismo. Desde la propuesta de Franklin D. Roosevelt sobre los Cuatro Policías como garantes del orden internacional y el inicio de la contención con Harry Truman, la influencia estadounidense se extendió de Europa (crisis de Berlín y Hungría) a Oriente Medio (Suez), el noreste asiático (Corea) e Indochina (Vietnam). Este intervencionismo atravesó la mesura de Dwight Eisenhower y la Nueva Frontera de John F. Kennedy frente a la crisis de los misiles, hasta culminar en la política de distensión (détente) de la mano de Richard Nixon y su enfoque pragmático basado estrictamente en el interés nacional.

Al afirmar en la MSC 2026 que los ejércitos luchan por una nación y un modo de vida, Marco Rubio sintetiza las dos grandes tradiciones norteamericanas —el idealismo acotado por el cálculo del interés nacional— con la lección histórica de la política europea. Cuando proclama la pertenencia a una sola «civilización occidental», no hace sino apelar a la ortodoxia estatal frente al fracaso del globalismo, obligando a Washington a una concentración pragmática de sus fuerzas. En este esquema, la estrategia del «Escudo de las Américas» ya no ubica a Venezuela bajo el tópico del «patio trasero», sino como el laboratorio de un hemisferio instrumental: un espacio con capacidades subordinadas y estrictamente alineado con los intereses de seguridad y energía de Estados Unidos. Se revela, además, que no resulta imperiosa la exportación de un modelo ideológico rígido. Apunta Ricardo Sucre que no es necesario para Rubio tener gobiernos MAGA en la región; basta con que no se le opongan abiertamente.

Washington nunca ha tenido que decidir entre el frío compás del cálculo geopolítico y el himno de su excepcionalismo. Como hegemón, siempre ha sabido ejecutar ambas melodías. Esa es la gran certeza que define su tutelaje a Venezuela en el interregno post-Maduro.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.