Tiberio, según Suetonio

La figura de Tiberio, retratada por Suetonio hace casi dos mil años, sirve como punto de partida para una reflexión sobre el poder, la codicia y los abusos que atraviesan la historia. Elías Pino Iturrieta recupera esos pasajes clásicos para plantear una pregunta incómoda: ¿de verdad esos autócratas pertenecen solo al pasado?

Hoy ofrezco fragmentos seguramente anacrónicos, pero que pueden ser elocuentes debido a que la antigüedad ofrece lecciones de sobra a los modernos. Viajo a los orígenes del Imperio romano con la guía de uno de sus historiadores más reconocidos y, tal vez, con la esperanza de no referirme a un pasado inútil. Ustedes dirán, en estos procesos de dominación sin duda distintos, si el viaje tiene sentido. Siguiendo con fidelidad a un autor clásico, acudo a pasajes a través de los cuales vuelvo a la descripción del emperador Tiberio, sucesor de Augusto y célebre por unos desmanes que lo convirtieron en prototipo de una perversa sujeción que el movimiento del tiempo no ha borrado.

Uno de los rasgos dominantes de la personalidad de Tiberio radicó en su apego a las fortunas materiales, en cuya búsqueda fue capaz de cualquier tipo de desmán. Escribe Suetonio al respecto:

La avaricia lo arrastró con los años a la rapiña. Es cosa sabida que persiguió con importunidades y amenazas, hasta hacerle imposible la vida, al augur Léntulo, poseedor de un inmenso caudal, con el fin de arrancarle la promesa de nombrarle único heredero; que, por complacer a Quirino, varón consular riquísimo y sin hijos, condenó a Lépida, muy virtuosísima, repudiada veinte años antes por este Quirino, acusándola él mismo de haber querido en otro tiempo envenenarle; que confiscó los bienes de los principales ciudadanos de las Galias, de las Españas, de la Siria y de la Grecia, con fútiles pretextos y acusaciones absurdas, como poseer en dinero parte de su caudal; que privó a muchos particulares y a algunas ciudades de sus antiguas inmunidades, principalmente del derecho de explotar las minas y de levantar impuestos; y, finalmente, que Vonón, rey de los partos, expulsado por los suyos y refugiado con sus tesoros en Antioquía, fue cobardemente despojado y muerto.

Pero quizá se empeñara en el embellecimiento de sus dominios a través de un programa de obras públicas, diría algún inesperado defensor. Sin embargo, el autor afirma lo siguiente:

No señaló su imperio con ningún monumento de valor, y los únicos que emprendió los dejó sin terminar; fueron el templo de Augusto y el teatro de Pompeyo, que se propuso restaurar, comenzados muchos años antes.

Por último, debemos al historiador fragmentos muy conocidos de la lujuria del emperador que se han repetido en otras narraciones. Así, por ejemplo, el siguiente:

En su quinta de Capri tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus maestros de voluptuosidad, formaban allí entre sí una triple cadena y, entrelazados de este modo, se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos. (…) Se dice que había adiestrado a niños de tierna edad, a los que llamaba sus pececillos, a que jugasen entre sus piernas en el baño, excitándole con la lengua y los dientes, y también que, a semejanza de niños creciditos, pero todavía en lactancia, le mamasen los pechos, género de placer al que, por su inclinación y edad, se sentía principalmente aficionado.

El cine ha reconstruido estas escenas con más taquilla que arte, pero ahora solo se copian con exactitud para ver cómo hubo líderes avaros, malvados, oscuros y perversos en el pasado remoto; es decir, en tiempos que fueron expulsados de la historia por el avance de la civilización, por los frenos que estableció ante el furor de los poderosos. ¿No es así, confiados lectores de la prudente actualidad? Porque en los imperios de nuestros días no reina ese tipo de autócrata, ni nada que se le parezca. ¿Verdad? De allí que, no sin ingenuidad, debamos escarbarlos en escritos tan importantes como Los doce césares, de Cayo Suetonio Tranquilo.

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