La bomba que nos dejó la revolución

¿Y si la Revolución Bolivariana fue exactamente lo que prometía ser? Este ensayo plantea una idea provocadora: Venezuela completó un giro de 360 grados para regresar al mismo punto de partida, pero convertida en un país mucho más pobre, más dependiente y con una enorme bomba social esperando a cualquier intento de reconstrucción.

Como es típico en el pensamiento de izquierda, ante el estruendoso fracaso de la Revolución Bolivariana y su deriva fascistoide, no faltará quien diga que no ha sido una «verdadera» revolución. Como antes se dijo del socialismo soviético o del cubano: no fueron verdaderos socialismos. Su fracaso, procuran justificar, se debió a procesos de burocratización o a la incomprensión de los verdaderos ideales. ¡No los aplicaron correctamente!

En el caso de la Revolución Bolivariana, sostenemos que ha sido una perfecta revolución, al menos en el sentido atribuido a esta palabra desde 1750 por el Diccionario de Autoridades de la lengua castellana: «La acción de revolver o revolverse (del latín revolutio)… movimiento de la esfera celeste dando una vuelta entera (circulatio), cuyas divisiones eran como signos de su zodiaco, donde tenía el siglo sus revoluciones».[1]

Es una revolución en el sentido de la física: el desplazamiento de un cuerpo que parte de un punto, recorre 360 grados y llega al punto de partida. Pero cuando transcurren 27 años en la «acción de revolverse», se produce un efecto barreno, como un taladro que gira a revoluciones por segundo. En el absurdo venezolano, el efecto barreno explica por qué, después de 27 años de revolución, estamos en el mismo punto de partida, pero en medio de un gigantesco agujero.

Si en 1998 nos encontrábamos en la planta baja de la modernización y el desarrollo, hoy estamos unos diez niveles por debajo, en el sótano. Cavamos nuestro propio agujero. Cualquiera de los indicadores socioeconómicos que nos resultaban espantosos en 1998 son hoy niñas de biberón frente a la monstruosidad de la realidad presente. ¡Y seguimos girando sobre nuestro propio eje!

En tiempos del paquete de Pérez ya se habían hecho los diagnósticos básicos. El país debía corregir el rumbo y eso significaba un programa de ajustes. Punto de partida. ¿Por qué? Para decirlo con palabras del propio CAP:

«Ya no era posible el estatismo, porque el Estado macrocefálico había llegado a su fin. La armonía social financiada de manera ilimitada por el petróleo llegó a su fin. Fue una decisión que requirió voluntad y coraje. No fue fácil, porque implicaba un cambio de rumbo en la historia de un país petrolero de cincuenta años de deformaciones».[2]

Defenestrado Pérez, le tocó el turno a la Agenda Venezuela de Caldera II, con Teodoro Petkoff como el aguafiestas empeñado en que debíamos arroparnos hasta donde llegara la cobija.

El gobierno de Caldera, Petkoff incluido, terminó con muy baja «aceptación popular», a pesar de haber administrado con sensatez los dineros públicos. Algo aborrecible, propio de neoliberales salvajes:

«Me dicen neoliberal… Hay gente que ya no sabe dónde ubicarme. Ahora que ven el esfuerzo que hago por la reforma del Estado, por la construcción de un sistema de seguridad social, ahora me llaman ¡neoestructuralista! A mí todas esas cosas me saben a mierda… Lo que tiene que ver con la macroeconomía es puro sentido común… No te puedes arropar más allá de lo que da la cobija. No se puede mantener indefinidamente un déficit porque ocasiona inflación».[3]

Y la inflación es el peor impuesto que se le puede aplicar a los pobres.

Obsérvese el giro revolucionario de 360 grados: del plan de ajustes de CAP II al plan de ajustes de Caldera II. Evidencia de nuestra vocación revolucionaria: dimos la vuelta y llegamos al mismo punto de partida. ¡Cosa más grande!

¿Y cuál es ese pinche punto de partida? El plan de ajustes para reducir el Estado macrocefálico.

El propio Petkoff nos ilustró sobre la complicada tarea de reformar el Estado hipertrofiado para reducir el déficit fiscal, al comparar el tamaño del Estado venezolano de 1998 con el japonés. El venezolano, con su administración central y descentralizada, alcaldías y gobernaciones incluidas, tenía 1.123.000 empleados para 20 millones de habitantes, mientras Japón, con 107 millones, tenía un Estado con menos de 800 mil personas en servicio.[4]

Pero es evidente que por exceso de sentido común no vamos a morir. De otro modo, no habríamos caído en el flatus revolucionario del Gran Líder de Sabaneta. Sus delirios rentistas lo llevaron a reconocer su responsabilidad en un crimen que muchos aplaudieron:

«El 2003 nos dejó nada más y nada menos que la recuperación de Petróleos de Venezuela, sus operaciones y el manejo de sus finanzas. Yo puedo decirles que ¡ahora sí tengo capacidad de mando en PDVSA! Por eso es que las crisis muchas veces son necesarias… Incluso, a veces hay que generarlas… Lo de PDVSA era necesario… porque cuando yo agarré el pito aquel en un Aló Presidente y empecé a botar gente, yo estaba provocando la crisis… Ellos respondieron y se presentó el conflicto y aquí estamos hoy…».[5]

Ya en noviembre de 2003, el orate había pedido al Banco Central que le entregara un millardito. Luego vendrían el control pleno del BCV y de PDVSA.

¿Y qué podía hacer aquel sujeto de carisma prepago, con encuestas que denunciaban su impopularidad y el amenazante referéndum revocatorio de agosto de 2004? Pues lo que mejor sabía hacer: gastar y regalar lo que no era suyo.

Adentro, las Misiones y Cadivi para el chavismo blanco. Afuera, el gran líder se convirtió en el sugar daddy del socialismo del siglo XXI, para no mencionar la magna latrocinia instalada en el país.

Al amparo de los crecientes precios del petróleo, el volumen de empleos en la administración pública creció de forma geométrica, bajo un sistema que produjo el suicidio del sentido común.

En 2008, la cifra de empleados públicos alcanzó los dos millones trescientos mil (The University of Chicago-Petkoff, T., 2008), sin incluir los millones de dependientes del gasto público por las misiones, jubilaciones, pensiones con o sin cotizaciones y la infinidad de pagos propios de un paraestado que ha contado con vías parafiscales sin un registro contable decente.

La terrible idea de crear una dictadura electoral, premiando lealtades partidistas a través del empleo público, trajo consecuencias devastadoras para el país y se convirtió en uno de los factores involucrados en la crisis humanitaria compleja ocurrida en la segunda década del siglo XXI.

La hiperinflación desatada arrasó con salarios, pensiones, seguros médicos, cajas de ahorro y cualquier sistema de seguridad social sostenible.

Para 2013, el madurismo no podía ser otra cosa que la fase superior del chavismo en pelabolismo. La emisión monetaria ilimitada ha sido la única gran ocurrencia financiera de los revolucionarios.

Con cerca de diez millones de personas dependientes del presupuesto público anual, recibiendo los Bonos de la Miseria, una bomba de relojería está instalada en el futuro inmediato de cualquier gobierno medianamente decente.

Dimos el giro de 360 grados para llegar nuevamente a la imperiosa necesidad de un Mega Paquete de Pérez III.

¿Y quién se atreve a realizarlo? ¿Quién se atreve a sacrificar su popularidad desmantelando los Bonos de la Miseria, el gran logro de la revolución, sin antes generar millones de empleos en el sector privado?

Odioso y aborrecible sentido común.

Las masas revolucionarias van a reaccionar. Defenderán «sus conquistas». Cualquier gobierno debilucho no podrá hacerlo.

Debe quedar bien claro: la Revolución Bolivariana ha sido una verdadera revolución. Aunque, de tanto revolverse, de tanto giro copernicano, cualquiera se marea hasta la náusea.

[1] RAE (www.rae)
[3] Petkoff, T en Tiktok.   
[4] Pedro Palma entrevista a T. Petkoff.  En Youtube, 2017).
[5] Discurso de Chávez ante la Asamblea Nacional, enero 2004.
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.