Sin pueblo no hay paraíso

Entre acuerdos, aperturas limitadas y estructuras que sobreviven, la pregunta sigue vigente: ¿cómo pasar de la reanimación al cambio profundo? Este artículo explora por qué el futuro de Venezuela quizá dependa menos de las élites y más de la capacidad del pueblo para volver a convertirse en protagonista

Es evidente que muchas cosas han cambiado después de la captura de Maduro por fuerzas imperiales, pero también salta a la vista la relativa profundidad de los cambios. Nadie puede reclamar, cuando apenas vamos para cuatro meses de gobierno teledirigido, una mudanza profunda de las cosas, pero el panorama no se ha vuelto distinto como para pensar que ya existe uno nuevo. Quizá estemos ante el boceto de asuntos inéditos, pero hasta allí. 

En la medida en que ha florecido un acuerdo entre el gobierno de los Estados Unidos y los poderes intestinos que apenas sufrieron el degüello de dos de sus cabezas, se pone difícil la meta de la metamorfosis que podía esperarse del ataque del ejército más poderoso del mundo. Mucho ruido y pocas nueces, la verdad sea dicha, debido a que la vice del capturado, el jefe de sus diputados, los uniformados con más charreteras y los esbirros más veteranos y temidos  campean a sus anchas como en el pasado. Si ni siquiera se ha renovado la plana mayor del horror  que se fraguó durante veintisiete años, nadie debe esperar el milagro de una vida nueva. En especial cuando parece que los invasores no le tienen la tirria que se esperaba a los jefes de los invadidos, sino más bien paciencia y simpatía. Apenas después de unos días de trato, después de comer en la misma mesa,  o quizá desde un poquito antes, se han convencido de que no son tan malvados como se suponía; sino, más bien, harto complacientes y simpáticos, hasta el punto de que se puede establecer una provechosa sociedad con ellos. 

Esa sociedad de unos pocos, después de pensarlo un ratico, resolvió permitir la actividad de los partidos opositores y el regreso de muchos de sus líderes más conocidos. Son novedades, si se compara con la cotidianidad sepulcral de la víspera, con el silencio y la inmovilidad del ayer, pero no tan suficientes ni tan dinámicas como para construir la   escena  que todavía no existe. Parece que de esa escena ya están a mano  los planos, las ideas paseándose  por el aire, porque nadie la ve aunque tal vez de pronto la huela. No hay que pedirle portentos  a una oposición perseguida y apaleada, especialmente cuando apenas sus representantes ensayan los primeros pasos del retorno y exploran la parcela para ver cómo la controlan, pero quizá no sea baldía la recomendación que se lanza desde estas líneas. Han hecho bien lo que han empezado, o lo que les han permitido los socios del régimen, una faena de reanimación, un reencuentro con los amigos y los simpatizantes del pasado, un discurso que parecía perdido, pero todavía en medio de la soledad. 

Han llevado a cabo una actividad con las organizaciones que se habían negado a morir, con  piezas casi indestructibles a pesar del trabajo de aniquilación cebado contra ellas, con  testimonios de la democracia y  la república que el madurismo no   pudo aniquilar debido a su arraigo histórico, pero que solo debe ser  antesala de lo que puede producir de veras la fragua de un período distinto en sentido político y social. Partiendo de esos vínculos iniciales, limitados en cantidad y calidad, se debe promover  el capítulo de profundidad que  acabará con el régimen para que cese una tragedia que a todos duele y conmueve. 

No hay que destacar en perspicacia para saber dónde está la clave de ese capítulo, de ese tiempo que se espera, de una  época que realmente será dorada si se convierte en realidad: la clave está en el pueblo, en la masa que solo espera el resorte que la mueva o  convide, en las multitudes hartas de chavismo y de madurismo que no se resistirán a una  invitación que las convierta en el motor que fueron sus antepasados en los episodios más  decorosos  del  republicanismo venezolano.

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