
«Soy leal. No soy hombre de cambios ni de jugarretas»
¿Qué tiene de especial un líder que no grita, no improvisa y no busca ser el centro de atención? Este perfil de Edmundo González Urrutia explora la personalidad, los valores y la forma de ejercer la autoridad de un hombre que llegó a convertirse en símbolo de una Venezuela distinta.
Hace poco más de una década, el Grupo Tovar, ámbito de reflexión constituido en la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas, sostuvo un encuentro de un par de días en la Colonia Tovar. En la mañana del segundo día, el grupo, quizá una veintena de personas, fue despertado muy temprano por el canto de un gallo de singular gañote y gran persistencia. No hubo manera de seguir en la cama, en parte porque los recién despertados querían ver la estampa del ave tan prodigiosa. Que no era tal. Era el diplomático Edmundo González Urrutia (EGU), imitador sin competencia del rey del corral, que ya en la madrugada estaba en pie de brega, peinadito y perfecto.
Hace unos días, el viernes 29 de mayo, fui a su residencia en Madrid para hacerle una entrevista a propósito del Mensaje a los Venezolanos, que grababa ese día para llamar a elecciones presidenciales cuanto antes, en las que no va a participar. A mi llegada, el Presidente les contó a los miembros de su equipo de prensa (tres personas) el episodio del gallo y recordó que, encontrándome merodeando por los jardines a esa hora, yo había sido testigo de su magistral interpretación. Yo lo había olvidado, pero él no. Tiene una memoria tremenda.
La siguiente vez que lo vi, fuera de la sede de la Fundación Adenauer, fue en octubre de 2024, en un evento de la Cátedra Mario Vargas Llosa, donde González Urrutia, que había llegado a Madrid un mes antes, fue recibido como presidente electo de Venezuela y aplaudido de pie por la concurrencia. De hecho, la crónica del evento lo aludió como el «plato fuerte» de la jornada y Álvaro Vargas Llosa lo definió con una frase que tuvo mucha repercusión: «Hay personas que buscan incrustarse en la historia. Hay otras a las que les cae la historia sobre los hombros». Desde luego, EGU es de la segunda clase, y ya entonces estaba claro que esos hombros soportaban con mucha dignidad lo que ahora descansaba sobre ellos.
Ese día, aunque él era la estrella y los flashes de las cámaras caracoleaban a su alrededor y le daban el aura de un escogido, EGU fue tan parco como siempre. Dio un discurso breve y sin mayores modulaciones. Era una mezcla poco frecuente de reserva, economía verbal y ausencia de exhibicionismo. Desde luego, no usó la palabra para imponerse ni para buscar el aplauso; mucho menos para movilizar masas o granjearse simpatías. Para venezolanos abrumados por treinta años de sufrir vergüenza e indignación ante las intervenciones públicas de hombres sin formación, sin contención ni sentido del ridículo, sin límites morales, legales o humanos, aquel hombre exento de gesticulación, que se limitaba a comunicar ideas poderosas y sencillas, fue una conmoción.
Teníamos delante a un hombre decente y era el Presidente de Venezuela, votado por el pueblo en una jornada heroica y desafiando a una dictadura criminal. Era como un giro de ficción. El contraste era tan absoluto, tan notorio, tan del cielo a la tierra, que parecía una película de esas escritas con virajes extremos. EGU era la constatación de que habíamos aprendido una lección, con métodos sádicos, con latigazos que nos arrancaron la piel, pero ahí estaba. Aquel hombre carente de urgencia teatral, de exuberancias bochornosas, era lo que el pueblo venezolano quería para regir su destino.
Un hombre decente
Podría argumentarse que él es así, que ese es su carácter y esa es su personalidad. No. Como decía Perón: el cargo habilita. EGU fue elegido presidente por paliza. El mundo le reconoció esa condición y su talante no cambió un ápice. Lo que ocurre es que practica una forma de autoridad basada en el autocontrol, que es lo que el país le ha ido reconociendo.
Este sábado, al difundirse su Mensaje…, un palo comunicacional, por cierto, el rasgo más celebrado fue la decencia del emisor. Muy hastiado de lo grotesco ha de estar un país para que, entre todas las características de un líder, lo que más aprecie sea la decencia, la sobriedad. Así estará de saturado ese país de tipos ebrios de sí mismos, que convirtieron la política en una presencia permanente de sus bufonadas, intoxicados de poder, devorados por su ego y su vanidad, incapaces de distinguir entre la realidad y su personaje… podemos seguir.
En esa entrevista del viernes, EGU habló de su familia, pero solo porque el régimen secuestró a su yerno; y se refirió a sí mismo, en respuestas de media línea a mis preguntas, para decir que había sido un estudiante promedio, un bailarín tirando a malo y un deportista nulo; que su madre, por ser maestra, le había inculcado el amor por la lectura; que uno de sus atributos más resaltantes es la lealtad (y dio como prueba su adhesión a los Tigres de Aragua y la fidelidad en su matrimonio de 50 años con Mercedes). Cuando se le pregunta quién es, no habla de sacrificios extraordinarios ni de talentos precoces. «He sido consecuente. Soy consistente en mis deseos, en mis convicciones».
Tampoco construye una narrativa heroica sobre sí mismo. Por el contrario, insiste en presentarse como el producto de una experiencia colectiva.
«Yo soy el producto de lo que ha sido la Venezuela democrática, en la que se podía ascender. Yo comencé desde abajo. Empezando porque soy de provincia. Yo vengo de La Victoria. Y toda mi formación, desde la escuela primaria hasta la universidad, transcurrió en la educación pública; incluso, hice mi posgrado en la American University, en Washington, con una beca del Estado venezolano».
Es revelador lo que dice cuando se le pregunta por su carácter.
«No soy el típico venezolano entrador, radical y conversador», responde.
Después acepta otra definición: la seriedad.
«Solemnidad no. Seriedad, que es una condición que te ayuda a valorar todas las cosas de la vida y de tu conducta».
Esa idea de permanencia reaparece cuando habla de María Corina Machado. Antes de convertirse en aliados políticos, explica, su relación con ella no era de amistad.
«No era una relación como la que yo pudiera tener con Ramón Guillermo Aveledo o con Ramón Medina, amistades mías que habían sido críticas respecto a ella. Pero en aquella conversación le dije que yo soy un hombre leal y que lo sería con ella hasta el último día. No soy hombre de cambios ni de jugarretas».
En el mensaje grabado no mencionó a Bolívar, no cantó, no se las dio de Luis Aparicio y nunca, pero nunca, improvisa. EGU está demostrando que el carisma puede coexistir con el silencio y, sin mencionar para nada a sus predecesores de los últimos treinta años, que el ridículo aparece cuando la teatralidad supera a la función política, cuando el líder está más preocupado por la representación de sí mismo que por el objeto de la representación.
En un entorno político dado a las dimensiones épicas y a confundir el carisma con los actos de histrionismo, Edmundo apareció como una anomalía porque pertenece a la tradición del hombre que gobierna sus impulsos antes de intentar gobernar a otros. En un tiempo dominado por la exhibición de la personalidad, su principal rasgo político termina siendo algo mucho más raro: la sobriedad. Por eso ha destacado tanto en una Venezuela castigada por los numeritos de Chávez y por la teatralidad forzada de Maduro, cómico a su pesar.
Quizá la definición más precisa de su carácter aparece cuando enumera las conductas que le resultan intolerables.
«Soy contrario al chisme, al egoísmo (…) y a la maledicencia».
Al final queda la impresión de estar ante un personaje poco frecuente en la vida pública venezolana, un hombre que no reivindica hazañas, que no presume de haber sido excepcional y cuya principal virtud, según parece desprenderse de sus propias palabras, consiste en haber permanecido fiel a ciertas cosas durante mucho tiempo.