El Béisbol en Venezuela: Nace Tigres de Aragua (I Parte)

Antes de convertirse en una de las franquicias más importantes de Venezuela, Tigres de Aragua fue apenas una idea nacida entre empresarios, estadios nuevos y un país que cambiaba. Esta historia cuenta cómo comenzó todo.

Transcurrían las primeras semanas de 1965. Cardenales llevaba meses esperando a que apareciera otra divisa que le hiciera compañía para ingresar y expandir la Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP), que hasta ese momento conservaba el número original de cuatro franquicias. Ese otro equipo era necesario, porque una condición para la expansión era que la cantidad de divisas quedase en seis, y no en cinco. Entonces un nuevo estadio se inauguró en la ciudad de Maracay, y el estado Aragua vino al rescate.

La propuesta de la ciudad jardín distaba de manera considerable de la de los guaros. Mientras que Lara contaba con Cardenales, equipo con una historia de 23 años, que además incluía tres temporadas en la para entonces recién extinta Liga Occidental de Beisbol Profesional, Aragua solo exhibía recuerdos de una época lejana en la que por un tiempo saboreó béisbol de primer nivel. 

Rememorar aquellos pasajes de pelota aragüeña implica viajar a los años de la dictadura de Juan Vicente Gómez, cuando dos de sus hijos, Florencio y Juan Vicente, alcanzaron suficiente edad como para empezar a hacer cosas de adultos. Por suerte, ambos muchachos eran aficionados a los deportes, y hacia ahí enfilaron sus energías, en el rol de jugadores y patrocinantes de equipos de varias disciplinas. Tenían cómo hacerlo, podemos suponer. 

En 1919, los Gómez fundaron el “Spalding Star”, primer equipo de béisbol de la ciudad de Maracay. El nombre venía de la marca de las pelotas que llegaban desde el norte al país. Cinco años más tarde, en 1924, los hermanos fundaron el “Maracay B.B.C.”, equipo que en 1927 participó junto a Royal Criollos, Santa Marta y 29 de Julio Militar, en lo que se considera el primer torneo nacional de béisbol en Venezuela. Ahí ya la cosa era más seria; en el roster de Maracay figuraban nombres de la talla de Balbino Inojosa y Antonio «El Pollo» Malpica, además de Luis Cróquer, hermano de Pancho Pepe.

Luego entró en escena otro hijo del Benemérito, Gonzalo Gómez, quien en 1931 fundó el equipo Águilas del Concordia, con sede ahí mismito, en La Victoria, cerquita de Maracay. La aparición de esta divisa impactó de manera considerable el escenario peloteril de la época. El Concordia absorbió a los mejores jugadores del país y se transformó en una potencia. Su auge fue tal, que en poco tiempo el equipo de Gonzalo hizo historia al convertirse en la primera novena criolla en viajar y ganar juegos fuera del territorio nacional. 

Cuando el Concordia estaba en su mejor momento, el General Gómez falleció, el castillo se derrumbó y Aragua se quedó sin pelota de primer nivel. Treinta años después, en 1965, el gobernador del estado Aragua, Ildemaro Pérez Segnini, inauguró un nuevo estadio en el barrio La Democracia de la ciudad de Maracay. La obra fue bautizada con el nombre de José Pérez Colmenares, pelotero aragüeño miembro de los “Héroes del 41”, quien había fallecido en un accidente aéreo veintiún años atrás, tan solo tres años después de haber sido protagonista de la hazaña en Cuba. 

El evento que bautizó el recinto fue el torneo Serie Internacional Amateur Copa «John Fitzgerald Kennedy» (en homenaje al presidente norteamericano que había sido asesinado en funciones tan solo 15 meses antes), campeonato del que se conoce no mucho más que el nombre, la fecha inicial (21 de febrero de 1965), y que participaron equipos de Estados Unidos, República Dominicana, Panamá, Aruba y Venezuela, ya que no existen reseñas sobre los pormenores de la cita deportiva; cosa extraña para algo con tan pomposa denominación. 

Lo cierto es que la inauguración de este estadio encendió la chispa por traer la pelota rentada a la ciudad jardín. Luego de abrir la Copa Kennedy, el gobernador Ildemaro Pérez dejó claro su deseo de que así fuera. Coincidía todo esto con el hecho de que la LVBP necesitaba una divisa que acompañara a Cardenales en el proceso de expansión de la Liga, y que la plaza de Maracay representaba una alternativa atractiva por su ubicación espacial privilegiada, entre la ciudad de Caracas, sede de Leones y Magallanes, y la ciudad de Valencia, sede de Industriales; todo esto conectado por la flamante recién culminada (1961) Autopista Regional de Centro. Aquí es cuando entran en escena el locutor Foción Serrano -quien, por su importancia en la fundación y desarrollo de la divisa, en poco tiempo comenzó a ser conocido como “el tigre mayor”- y el ejecutivo bancario y empresario Homero Díaz Osuna. 

Serrano y Díaz Osuna, al enterarse de la oportunidad que surgía, contactaron al gobernador Pérez, y la magia sucedió. Al equipo fundador se unieron los banqueros Oscar Arteaga y Alfredo García Guevara, y entonces el tren se volvió imparable. La disposición de la gobernación para el uso del nuevo estadio -además de otros apoyos financieros-, la energía y habilidad de Serrano y Díaz Osuna, y el músculo financiero de todos ellos, hizo que el proyecto tomara forma rápidamente. Y vaya que tenía que ser apuradito, porque si querían ser aceptados en la Liga y debutar en octubre de ese año, toda la empresa debía estar lista en menos de ocho meses.

Si hablamos de nombres, el de la divisa aragüeña tiene quizás el origen más simpático de la Liga. La capital de Aragua recibe su denominación en honor al cacique Maracay, guerrero líder al que los españoles debieron enfrentar en su paso por lo que hoy son las tierras de la ciudad jardín; o, bueno, al menos así reza la creencia. A su vez, el nombre del cacique viene de la raíz etimológica de la palabra Maracay, que deriva de “maracayá», que en lengua caribe hace referencia a un gato tigre o cunaguaro, felino asociado con agilidad de movimientos y sagacidad, que abundaba en la zona antes de que Colón alborotara el continente. Ahora bien, luego de saber todo esto, es natural pensar que por ahí vino lo del nombre de la nueva divisa. Sin embargo, al parecer, la cosa fue solo una feliz coincidencia. 

Según decía Humberto Osuna, hermano de Homero Díaz Osuna, en esa época “Tigre” era una palabra que se usaba con frecuencia, y a la que Homero, en particular, solía recurrir de manera cotidiana. Digamos que era una especie de “pana”, pero más elevado, con una dosis de halago de la que la otra carece. Según Humberto, de ahí surgió el nombre. Así, pues, por qué no fantasear con una escena un poco más divertida entre los fundadores del equipo. 

“Tigres, ¿le damos en serio a lo del equipo?”, “¡Claro, tigre!”, “¿Y qué nombre le ponemos, tigre?”, “Leones”, (pausa incómoda), “¡Es broma, tigres!”, “¡Nos asustaste, tigre!”, “¿Cómo lo llamamos entonces, tigres?”, “No se me ocurre nada, tigres…” (pausa creativa), “¿Y si le ponemos Tigres, tigres?”, “¡Tremenda idea, tigre!”.

Bueno, seguro que no fue exactamente así, pero ese el verdadero origen del nombre, que, felizmente, coincidió con lo de Maracay y el gato tigre.

Tres meses después de que el equipo de empresarios arrancara el trabajo, la Liga dio el visto bueno a la nueva divisa. Un mes más tarde, en junio de 1965, los tigres amigos entregaron los recaudos en la reunión pautada para ello en Caracas, que incluía unos 17.500 dólares ($185.000 hoy en día) como valor de la franquicia.

Unos tres meses era todo lo que se disponía entonces para armar la nómina del equipo, tarea nada sencilla; menos aun cuando se arrancaba de cero. Había que moverse como un tigre, veloz y con astucia, tanto en el mercado local, como en el extranjero. La liga occidental había dejado capital humano cesante, y había también talento nuevo que explorar; además del mercado extranjero, costoso tanto en nómina como en gestiones para encontrarlo. 

La cacería debía empezar, y en aquellos tiempos no había nada mejor que contar desde el inicio con un mánager con el prestigio, la sapiencia y los contactos necesarios para ayudar en la tarea. Al parecer los “tigres amigos” andaban con el santo a favor, y este les puso al frente una joya a quien cortejar. Resulta que José Antonio Casanova, que para el momento gozaba ya de un estatus cercano al de leyenda viviente de la pelota criolla, acababa de vender su participación como propietario en Tiburones de La Guaira, equipo al que, como mánager y dueño, había llevado en tan solo tres años de vida a conquistar su primera corona en la LVBP. Ese laurel lo había alcanzado justo la temporada anterior, la 64-65. Casanova se separó de La Guaira y la gente de Aragua logró seducirlo. El proyecto prometía como reto, uno nuevo para este héroe del 41 que ya había sido el primer mánager de Leones del Caracas y de Tiburones de La Guaira en la Liga. 

Con Casanova a bordo, el reclutamiento tomaría buena forma. Pero es momento de hacer una pausa. Continuaremos en la próxima entrega.

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