¿Puede Enrique Márquez sostener el puente que propone?

La pregunta no es si Márquez tiene buenas intenciones. La pregunta es si puede sostener el peso del tránsito que propone.

Al regresar de Washington, Enrique Márquez convocó una rueda de prensa y habló de su detención como parte de un sistema. Relató que pasó los primeros siete días esposado y sometido a interrogatorios constantes; que permaneció incomunicado durante diez meses y que durante tres de ellos no vio la luz del sol; recordó las absurdas acusaciones que le imputaron —terrorismo, odio, traición— y describió un encierro administrado como mecanismo de presión. Insertó su experiencia en un cuadro más amplio y recordó que hay decenas, quizá centenares, de venezolanos en condiciones semejantes, con expedientes que no avanzan, audiencias que se difieren, familias que viven en la incertidumbre. Comparecer para narrar esa degradación y exigir libertad para quienes siguen presos tiene peso público. Convertir la experiencia personal en voz para otros lo honra.

Su paso por Washington y la invitación al discurso del Estado de la Unión marcaron un punto de inflexión en su proyección pública. Así parece haberlo interpretado. En el clima político actual, la mirada de Donald Trump tiene un efecto de consagración simbólica. La sola mención desde esa tribuna revaloriza, otorga centralidad y pone a quien es nombrado bajo un reflector internacional que multiplica su peso específico. Ese reconocimiento externo amplifica su figura. La pregunta es cuánto de esa ampliación se sostiene dentro del país.

El puente soy yo

En su intervención, Márquez fijó su ambición política con claridad: “Mi intención es convertirme en una fuerza unificadora… potencialmente siendo un puente entre la oposición y el partido gobernante”; y precisó el lugar que aspira a ocupar en esta etapa del país: “El papel que quiero asumir es el de un constructor, ayudar a construir el futuro”.

Conviene detenerse en la metáfora del puente, una estructura que permitiría tránsito entre sectores enfrentados. Antes de aceptar esa imagen, es necesario precisar el terreno. En Venezuela no existen dos bloques equivalentes que se disputan el poder en condiciones comparables. La expresión “oposición y partido gobernante” sugiere simetría, alternancia posible, competencia regulada. Nada de eso describe la realidad venezolana. Lo que existe es una sociedad sometida y una camarilla que concentra el control del aparato del Estado, administra la coerción y decide quién participa y quién queda fuera. Hablar de puente entre dos partes enfrentadas desfigura ese desequilibrio radical y convierte una estructura de dominación en una simple controversia política.

Vayamos ahora a la centralidad arquitectónica que Márquez se atribuye. Los puentes se sostienen en pilares firmes, en cálculo preciso, en materiales resistentes, en una ingeniería que soporte peso real. Y, si es en política, requieren base social organizada, legitimidad acumulada y una configuración del poder capaz de resistir tensiones. La confianza del que cruza llega después; primero está la estructura. La pregunta es si Enrique Márquez cuenta con esos soportes.

El 28 de julio de 2024 fue candidato presidencial. Según las cifras oficiales del Consejo Nacional Electoral obtuvo alrededor del 0,16 por ciento de los votos. Dentro de un proceso ampliamente cuestionado, ese número mide su capacidad de convocatoria en aquel momento. La prisión le dio estatura moral y visibilidad nacional e internacional, pero un puente nacional necesita masa crítica y una estructura territorial que las urnas reflejaron como un respaldo mínimo.

Queda además una pregunta más incómoda: ¿quiere el país un puente con quienes lo han empobrecido y perseguido durante años? La transición venezolana exigirá, inevitablemente, algún grado de interlocución con el chavismo, porque ningún proceso de salida prescinde de los actores que detentan poder real. Esa participación será necesaria. Lo que no está claro es bajo qué términos y con qué límites.

La rueda de prensa tuvo además un propósito político inmediato. Márquez no se limitó a narrar su experiencia en las mazmorras chavistas ni a formular un llamado abstracto a la unidad. Se puso en el centro del tablero y dejó claro que aspira a conducir la etapa que se abre. En un país donde los resultados de las elecciones del 28J y las encuestas ubican a María Corina Machado como la figura de mayor arraigo y reconocimiento nacional, ese gesto tiene consecuencias. No pasó inadvertido que, al mencionarla, optara por el distante “señora Machado”, mientras, por cierto, al régimen siempre lo aludió como “gobierno”. En política, las formas revelan posición.

La lección de 2018

En Venezuela ya existe un antecedente reciente que conviene tener presente cuando alguien se propone como bisagra nacional. Henri Falcón fue candidato presidencial el 20 de mayo de 2018 y, según las cifras oficiales del CNE, obtuvo 1.927.958 votos, equivalentes a 20,93 por ciento de los sufragios emitidos. Ese resultado, para nada despreciable, se produjo en un contexto de alta abstención, con buena parte de los principales partidos opositores fuera de la contienda por considerar que no existían garantías, lo que dejó a Falcón como la opción más visible distinta a Nicolás Maduro. Su votación se nutrió del electorado opositor que decidió participar, del respaldo organizativo de Avanzada Progresista, MAS y Copei, de su trayectoria como exgobernador de Lara y de su pasado chavista reconvertido en disidencia. Hubo estructura territorial, alianzas formales y casi dos millones de votos contables.

Aun con ese caudal, su candidatura no alteró la correlación de fuerzas ni consolidó un liderazgo nacional sostenido. El respaldo fue significativo dentro del universo que acudió a las urnas, pero no se tradujo en capacidad de transformación estructural. El contraste con Márquez es inevitable. Si un dirigente con casi 21 por ciento de la votación y maquinaria partidista reconocible no logró convertirse en eje de una transición, la viabilidad de una aspiración similar con un respaldo electoral mucho menor y una estructura más tenue adquiere otra dimensión.

Pureza no, coherencia sí

No se trata de exigir purezas absolutas ni dirigentes que jamás hayan cometido errores o tenido juntas reprochables. La política está hecha de trayectorias imperfectas. Lo que sí cabe pedir es contacto con la realidad respecto de la propia relevancia; reconocimiento del trabajo que otros han hecho por la reinstitucionalización de Venezuela en condiciones de enorme riesgo. Describir ese esfuerzo con fórmulas como “Nos hemos estado matando unos a otros en una guerra política incesante” constituye, además, una reducción de los hechos. Cabía esperar más consideración hacia quienes sostuvieron durante años una resistencia civil con costos personales altísimos. Esa memoria forma parte del terreno sobre el cual se pretende construir.

Y está el punto más difícil de tragar. Las compañías. En política, como en la vida, el entorno define orientación. Márquez ha tenido palabras elogiosas hacia José Luis Rodríguez Zapatero y ha reivindicado su papel en los procesos de negociación venezolana. Sobre el exmandatario español pesan años de controversias por su actuación como mediador, críticas de amplios sectores opositores que lo responsabilizan por acuerdos que terminaron fortaleciendo al chavismo, cuestionamientos por la opacidad de sus gestiones y reproches por su cercanía reiterada con el entorno de Nicolás Maduro. Ese historial forma parte del debate público y asociarse a esa figura, y a otras igualmente nefastas, implica asumir esa carga.

Enrique Márquez ha demostrado coraje al enfrentar la cárcel y al alzar la voz por quienes siguen tras las rejas. Ese capital ético es real. Lo que está en juego es si ese capital podrá traducirse en liderazgo con respaldo amplio, reconocimiento extendido y alianzas que refuercen la estructura indispensable para que el puente que propone deje de ser una declaración de intención y se convierta en una obra capaz de sostener tránsito político efectivo.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.