
El debut de los perdonadores
El oficialismo intenta presentarse como magnánimo, pero la amnistía ha sido diseñada para no poner en riesgo el continuismo. Sin embargo, las excarcelaciones masivas revelan dos hechos irrefutables: los límites del régimen y la magnitud de la opresión vivida.
La evidencia concreta de que la situación de Venezuela puede cambiar, después de un régimen de atrocidades, se encuentra en la aprobación de la Ley de Amnistía por la Asamblea Nacional. Sabemos que la transición impuesta por los Estados Unidos debe ser lenta, como la mayoría de las operaciones de tal tipo realizadas en otras latitudes y en tiempos anteriores, sin negar que un programa planeado por cabezas ajenas puede chocar con las necesidades de una sociedad que ha vivido décadas de humillación. Pero esas son las reglas que determinan el destino de las mayorías y no queda más remedio que seguirlas, con gusto o por obligación.
Ya que se trata de órdenes superiores que no podemos desconocer a la brava, convengamos en mirarlas con ojos capaces de sentirlas como guías en un camino espinoso que nadie en sus cabales puede evitar. Desde esa necesidad de pensar en tiempos mejores topamos con la Ley de Amnistía frente a la cual se han producido reacciones de insatisfacción y rechazo, pero que tal vez no deba someterse a exigencias inoportunas. De allí que ahora no queramos subestimarla del todo, sino observarla como una necesidad impuesta que han aprovechado, en términos de excelencia, los políticos a quienes correspondió su promulgación. Así podemos afirmar, entonces, que ha sido una obra confeccionada a la medida de los detentadores del poder, quienes apenas entornan un postigo por el miedo que le tienen a los ventarrones si abren la puerta de par en par. La misma cautela de los patrones, desde luego. En consecuencia, la apertura debe esperar y seguramente dependerá de presiones internas, si observamos con cuidado el paso que acaban de dar los legisladores para concretar disposiciones imperiales. O para aprovecharse de ellas.
Si algo han demostrado los representantes del madurismo es su pericia para sobrevivir. No solo permanecen en las alturas después de un ataque armado de los Estados Unidos que les destrozó la cabeza, sino que, aspecto admirable, pretenden señalar que todavía se duelen de la ¨extracción¨ del líder. ¿Acaso no tienen un cerebro súper apto para la sobrevivencia? Encontramos un testimonio elocuente de tal pericia en el hecho de presentarse hoy como benévolos dadores de magnanimidad, como padres comprensivos, cuando apenas han actuado como perdonadores a juro. La Ley de Amnistía no es un acto de contrición, ni un propósito de enmienda de los legisladores del oficialismo, sino el acatamiento de una orden con disfraz adecuado. La maniobra dependió de pregonar la existencia de una cadena de delitos cometidos por miembros de la sociedad, a quienes se perdona porque ha llegado el tiempo de la clemencia. Es justo lo contrario: son ellos los protagonistas de una iniquidad a la cual se busca superación mediante un acto legislativo, pero no les ha faltado velocidad para hacernos creer que la crueldad política no ha nacido de la represión planificada y ejecutada por el régimen en un pavoroso período de oscuridad, sino exclusivamente de la provocación de unos desadaptados que ahora pueden, después de una pródiga absolución, regresar al hogar que ellos están remodelando para su bienestar.
Pero la prodigalidad es limitada, porque los que usurpan la condición de paternidad no permiten el regreso de todos los hijos supuestamente descaminados. Los diputados apenas conceden amnistía a quienes no significan un peligro para su papel de cabezas del continuismo. Las pinzas entrenadas en la expurgación de díscolos impiden el retorno o la participación de quienes los pueden desplazar en la tribuna pública y en el control de la autoridad. Es un asunto que se debe considerar como parte de una artimaña disfrazada de seguridad pública, pero sin dejar de aplaudir el hecho de que, a pesar del artificio, están saliendo centenares de presos. Esa es la parte positiva que no podemos desdeñar. Lo mismo sucede con la unanimidad que condujo a la Ley de Amnistía. Nada más sospechoso que las unanimidades en una materia susceptible de diversas interpretaciones, y aun de polémicas extensas y profundas, pero tal vez convenga olvidarse del tema por la alegría que producen las excarcelaciones en centenares de hogares. De allí que, como se planteó al principio, no sea ahora el momento de mandar al infierno la Ley de Amnistía. Es mejor apreciarla como el primer tramo de la escalera que debe ser superado cuando llegue la hora.
Por último, hay dos aportes poco mentados de la Ley de Amnistía que debemos agradecer. Primero: con su promulgación el régimen no ha mostrado sus colmillos, sino sus límites. Ahora sabemos hasta dónde quiere llegar, cuál barrera defenderán los mandones haciendo de perdonadores. Segundo: el número de excarcelaciones puso en evidencia la estatura mayúscula de una opresión ahora probada a simple vista. De la salida masiva y jubilosa de ciudadanos aprisionados se puede deducir, sin acudir a la imaginación, el horror de la permanencia previa. De la unanimidad de los diputados a la evidencia de un agujero colmado de sangre se camina buen trecho en materia de conocimiento confiable.
Parece que la transición da ahora su primer paso de importancia, en suma. Por consiguiente, tenemos material de sobra para pensar y caminar más resguardados, más prevenidos.