
Sobre lo malo, lo malvado y lo maldito
Este ensayo explora esas tres categorías desde la etimología, la literatura y la filosofía —de Cervantes a Nietzsche, de Epicuro a Rimbaud— para comprender algo más profundo que una simple crítica política: la naturaleza de un sistema que ha dejado de ser solo malo o malvado para volverse maldito.
Entre las cosas malas de la vida, lo “malo” suele ser un mal menor; me refiero a que cargar a cuestas con semejante adjetivo no suele resultar tan penoso. Puedes ser malo bailando, que por cierto es mi caso, y, aun así, amar y ser amado. Aunque debe haber diferencias importantes, que deberíamos revisar, entre un bailarín malo y un mal bailarín.
Malo no suele ser tan grave como maldad (“dad el mal”), encargada de definir una inclinación a hacer daño y, en casos más graves, a ser perverso, un adjetivo compuesto de per (intensamente) y vertere (girar), lo que equivale a estar totalmente desviado del camino correcto. La Real Academia parece enardecerse con su definición:
Perverso
Sumamente malo, que causa daño intencionadamente.
Que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas.
Me asomo a las posibilidades y giros de esa corrupción de los estados habituales al leer la propuesta que nos hace Nietzsche en Más allá del bien y del mal:
Las grandes épocas de nuestra vida son aquellas en las que nos atrevemos a rebautizar nuestra maldad como lo mejor de nosotros.
Al intentar analizar lo malo, lo malvado y lo maldito, con sus abundantes variantes, debemos tomar en cuenta dos factores: la intensidad y el tiempo (el cuánto y el hasta cuándo). Dicen que los infartos son tan dolorosos que uno prefiere estar muerto, una manera efectiva y pronta de acabar con la molestia. Ciertamente existen otros dolores que también provoca morirse, pero no todos nos ofrecen esa alternativa. Los hay menos intensos, o más llevaderos, pero eternos y sin cura, como los incesantes zumbidos de quien sufre de tinnitus.
Estos ejemplos me llevan al propósito inicial de estas reflexiones: analizar los efectos de un insaciable y maldito sistema que ya ha logrado sobrepasar los 27 años del gomecismo y ahora vive una impredecible agonía.
No podría precisar cuáles deben ser los índices para medir una maldición, pero sí me atrevo a proponer que el actual gobierno es el peor de nuestra historia, incluyendo los de la Colonia y el del cacique Guaicaipuro. Una vez que hemos señalado lo intenso y adherente de nuestro actual tormento, deberíamos tratar de diseccionar su naturaleza, pero… ¡Qué tristeza siento al tratar de entender las desgracias de Venezuela! No sé si agradecerle o reclamarle a mi patria que me lleve, que me obligue, a explorar profundamente las complejidades del bien y del mal.
En la misma obra, ya citada, Nietzsche nos propone:
Podría ser posible que lo que constituye el valor de esas cosas buenas y respetadas consista precisamente en que están insidiosamente relacionadas, anudadas y tejidas con esas cosas malas y aparentemente opuestas. ¡Tal vez! Pero, ¡quién quiere ocuparse de esos peligrosos “quizás”!
Sobre los malos gobiernos
Podríamos suponer que un mal gobierno no suele ser un asunto tan grave. Una vez que es considerado perjudicial y revela su baja calidad, suele durar poco y surgir una alternativa. Los gobiernos malvados tienden a durar un poco más e incluso sofocarnos, pero no tanto como la pesada inercia, tan semejante a la eternidad, de los gobiernos malditos.
Para evaluar cuál es el peso de lo malo vamos a examinar cómo lo plantea Cervantes mediante dos ejemplos:
Don Quijote le pide a Sancho que memorice una carta que quiere enviarle a Dulcinea, por si la pierde en el camino. Responde Sancho:
—Pensar que yo la he de tomar en la memoria es disparate, que la tengo tan mala que muchas veces se me olvida cómo me llamo.
Un canónigo de Toledo ve la procesión donde llevan a Quijote enjaulado y pregunta por qué llevan a aquel hombre de semejante manera. Contesta el propio Don Quijote:
—Voy encantado en esta jaula por envidia y fraude de malos encantadores, que la virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos.
Estos ejemplos nos proponen que lo malo no suele ser eterno ni absoluto, pues existen alternativas. Sancho Panza llevará la carta escrita; Don Quijote eventualmente saldrá de la jaula y recuperará la razón. Citemos también a Shakespeare, para incorporar a quien murió un día después de Cervantes:
La vida es una red tejida de lo bueno y de lo malo.
Según la Real Academia, lo malo es algo “falto de las cualidades que cabe atribuirle por su naturaleza, su función y su destino”. Si es cierto que somos malos más por lo que nos falta que por lo que nos sobra, ser malo viene a ser más una limitación que un exceso. Esta definición nos sugiere que “los malos son aquellos que no logran ser lo que realmente son”. Suena bien como esperanza de una posible redención.
Antes de continuar, es justo y necesario revisar qué características tiene lo bueno, ese exigente antónimo de lo “malo”. Digo exigente porque en cualquier deporte o profesión suelen ser muchos más los malos que los buenos. Tenemos una tendencia, comprensible, a valorar lo bueno por su escasez.
En una primera revisión de este adjetivo me he llevado una sorpresa, pues alguien propone que “bueno” proviene del latín bonus, que a su vez viene de duonus: “quien busca un rival”. El mismo etimólogo de esta propuesta se acobarda y nos plantea que esta palabra ha ido variando su significado “a tal punto que ahora significa casi todo lo contrario, ya que una persona relativamente buena no busca rivales ni enemigos”. Me sorprendió un giro tan simplón a una propuesta tan interesante.
Otro experto propone que duonus se refiere a “lo que actúa y logra un efecto”. Y yo me pregunto: ¿para evaluar el efecto de una buena actuación, acaso no conviene tener un rival con quien compararte? Ciertamente, en cualquier actividad, para saber cuán bueno eres necesitas una referencia, un contendiente, un opuesto, un rival.
En el Quijote hay una sentencia que resume estas líneas: “La virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos”.
Siento que este es un tema crucial que solemos evitar. La filosofía de la religión le dedicó mucho tiempo al problema de conciliar el mal y el sufrimiento con la existencia de una deidad omnisciente, omnipresente, omnipotente y hasta “omnibenevolente”.
Quizás fue Epicuro quien planteó el problema con más gracia:
¿Será que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente.
¿Será capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo.
¿Será capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal?
¿Será que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces para qué llamarlo Dios?
Sea cual sea la pregunta, creo que el mal predomina, al menos en nuestro idioma. Hay maltratados, pero no bientratados; malograr, mas no bienlograr; malgastar y no biengastar; malentendido y ningún bienentendido; malicia y no bienicia; malhumorados y no bienhumorados; malinterpretar y no bieninterpretar.
Quizás no es casualidad que el mal ocupe la mitad de lo “normal” y hasta de lo “animal”.
Sobre los malvados
El adjetivo malvado procede del latín malifatius: “señalado por un mal destino”. Entiendo que en algún momento sufrió una inversión y asumió el sentido de malo por naturaleza. De ser un pasivo desgraciado, el malvado comenzó a desgraciar, a malograr con saña el destino de sus prójimos. Digamos que el malvado se dedica a sembrar y cosechar el mal tanto por sacar provecho como por el puro placer de lograr lo que no siempre resulta fácil.
Lo contrario a malifatius es bonifatius, “señalado por un buen destino, afortunado”, que dio lugar al nombre propio Bonifacio, una opción muy elegida por los Papas (aunque no tanto como Gregorio y Benedicto).
En las aventuras del Quijote tampoco encontré un solo malvado; aunque las opciones que encuentra en los caminos de Castilla son incesantes: malandante, malhadada, malencónico, maldiciente, maltratados, malandrines, malaventurados, malparados, maltrechos, malévolos. Aparece hasta un gigante llamado Malanbruno.
Tengo que volver a releer su paso por Barcelona, a ver si hay alguna coincidencia con lo que estoy viendo.
Sobre lo maldito
Me sorprende que la etimología del contundente “maldito” sea la menos sugerente. Proviene de male dictus, convertido en la expresión latina male dicere, “maldecir”, que equivaldría a decir malas palabras. Supongo que con el tiempo el maldito empezó a encarnar lo que iba soltando por la boca. El diccionario de la Real Academia le ha dado un emblemático lugar:
Maldito: detestable, perverso, de mala intención y dañadas costumbres. Condenado y castigado por la justicia divina.
Pero también nos ofrece opciones cada vez menos graves:
— También significa “condenado”, haciendo referencia a alguien sobre quien se ha echado una maldición.
— Que va contra las normas establecidas, especialmente en el mundo literario y artístico.
E incluso cita una serie de casos donde la dosis de maldición llega a niveles ridículos:
— ¡Malditas las ganas que tenía yo de ir a esa reunión!
— Este maldito ruido que me está dejando sordo.
Me atrevo a proponer que “maldito” es la versión del mal que más abunda en las páginas del Quijote. Comparto la exclamación de una mujer que lo cuidaba y explica la causa de sus delirios:
¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuestra merced!
Lo curioso es que la mayor cantidad de las maldiciones las suelta el propio Caballero Andante y contra su propio escudero:
¡Oh! Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito —dijo don Quijote—, ¿y cuándo será el día, como otras muchas veces he dicho, en que yo te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada?
El Quijote parece maldecir hasta al propio Cervantes:
¿Quién puede ser sino algún maligno encantador de los muchos envidiosos que me persiguen? Esta raza maldita, nacida en el mundo para oscurecer y aniquilar las hazañas de los buenos, y para dar luz y levantar los hechos de los malos.
Para darnos una idea del amplio rango de la relación entre la literatura y las maldiciones, vamos a asomarnos a una de las acepciones más celebradas:
Que va contra las normas establecidas, especialmente en el mundo literario y artístico.
Y recordemos cuántos maravillosos escritores han sido considerados malditos, entre ellos Verlaine, quien escribió un libro con un título inequívoco, Los poetas malditos, donde aparece el propio autor y Arthur Rimbaud, su amigo y amante.
Me encantó el epitafio que Verlaine dedica a un poeta que yo no conocía, Tristan Corbière: “Se extinguió de entusiasmo y murió de pereza”. Verlaine está siguiendo, continuando, una tradición que ya Baudelaire había bautizado en Las flores del mal.
Me sorprendió que el primer poema que Baudelaire nos ofrece en este libro se titule Bendición. Revisemos cuánto nos ofrece de bendito en ocho de sus líneas:
Cuando, por un decreto de las potencias supremas,
El Poeta aparece en este mundo hastiado,
Su madre, espantada y llena de blasfemias,
Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada:“¡Ah! ¡No haber parido todo un nudo de víboras,
Antes que amamantar esta irrisión!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que mi vientre concibió mi expiación!”
Siento que no existe mayor maldición que maldecir la propia concepción de tu propio vientre. He pasado una tarde entre triste y eufórica revisando las ineludibles mareas del mal y siento que la manifestación más pura es la de Rimbaud. En su libro sobre poetas malditos, Verlaine lo describe:
Con gozo hubimos de conocer a Arthur Rimbaud. Hoy, muchas cosas nos separan, sin que haya nunca faltado o disminuido nuestra profunda admiración por su genio y su carácter. En aquella época, relativamente lejana, de nuestra intimidad, Arthur Rimbaud era un niño de dieciséis o diecisiete años.
Para terminar, ofrezco un fragmento del poema Mala sangre, escrito por ese joven, o ese niño:
Regresaré con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos: de acuerdo con mi máscara, me juzgarán de raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos inválidos feroces que retornan de las tierras calientes. Me inmiscuiré en los asuntos políticos. Salvado.
Leyendo estas imágenes sobre su terrible retorno cuando ya tenía dieciocho años, me pregunto cómo será el regreso a Venezuela de un joven que busca volver a pertenecer, a realizarse entre los bienes de su propia tierra. La siguiente línea de Rimbaud ofrece una alternativa:
Ahora estoy maldito, tengo horror de la patria. Lo mejor es un sueño bien ebrio, sobre la playa.
A esos jóvenes y niños, y niñas, que están pensando en regresar a Venezuela, dedico este ensayo. Puedo asegurarles que las maldiciones no son eternas, pero no soy capaz de asegurarles cuánto le falta a la que estamos viviendo.