
La provincia de las novedades
La soberanía, que fue pilar de nuestra identidad desde 1811, hoy parece haberse vuelto un asunto secundario. Tras los horrores del chavismo-madurismo, la sociedad no solo enfrenta una crisis política, sino una transformación más profunda: la normalización —e incluso el aplauso— de la dependencia externa.
El problema de las situaciones novedosas que vivimos hoy en Venezuela radica en el hecho de que no parecen novedades, sino todo lo contrario. Más bien se pueden juzgar como retrocesos, o como negaciones relativas de una historia que una vez fue enaltecida y motivo de orgullo. ¿Por qué? Porque, a primera vista, se ha establecido una situación incómoda debido a la cual no podemos desenvolvernos con tranquilidad, mucho menos con satisfacción en sentido colectivo, sin que por eso nadie se atormente más de la cuenta. Más bien al contrario: baten palmas.
Si ahora determinan la cotidianidad unos motivos inexistentes antes, o camuflados hasta la perfección, no deben caber las dudas en torno a la aparición de conductas nunca vistas, o ni siquiera imaginadas en los pasados remoto y reciente. Las sorpresas no son bien recibidas debido a que nos ponen frente a resortes debido a cuya presión no sabemos movernos por falta de costumbre, o que nos obligan a un aprendizaje que generalmente resulta trabajoso. Esto es de Perogrullo, pero ahora el asunto no es así de sencillo debido a que las normas flamantes no solo provocan la obligación de aprender una cartilla distinta, sino también la posibilidad de una insatisfacción a través de la cual se pudieran mostrar muchas vergüenzas y múltiples omisiones.
La cartilla no llegó porque la deseáramos, sino como producto de fracasos y dejadeces evidentes que desnudan la imposibilidad de la sociedad de no cumplir el programa impuesto por los fundadores de una forma de vivir que prometía cumbres altísimas. Los pedagogos de última hora no llegaron con palmeta porque les pedimos que nos ayudaran en una marcha hacía la cima, sino por nuestra ausencia de idoneidad en el seguimiento de fórmulas proverbiales. Se trata de una cartilla foránea, no olvidemos ese aspecto primordial, de unas instrucciones de procedencia extraña a cuyos contenidos debemos adaptarnos por motivos de irresponsabilidad e ineptitud. ¿No es algo realmente susceptible de atención?
Proclamamos la independencia de España y de cualquier potencia extranjera en 1811, y derramamos la sangre en la empresa en la cual pusimos empeño hasta su confirmación en 1830, después de una lúcida insistencia debido a la cual dejamos de ser colombianos para convertirnos en venezolanos sempiternos. Todo en medio de situaciones de pobreza generalizada y de guerras fratricidas, o haciendo tratos con el extranjero que no eran como para ufanarse, pero que apenas nos ensuciaban los guantes. Así fuimos poco a poco, aprobando la asignatura, aunque pésimos en numerosos cursos, sin abandonar la obligación de mantener una peculiaridad traducida en un sentido de autonomía sobre cuya orientación nos hacíamos de la vista gorda, pero solo en ocasiones porque ya parecían cosa natural, o derecho adquirido hasta el fin de los tiempos.
Ha sido habitual entre los venezolanos de hoy detenerse en el pecado de mandatarios complacientes con las potencias extranjeras hasta situaciones de postración obscena. En la parcela campean los nombres de Guzmán con empresarios y aventureros europeos, y de Gómez con las compañías petroleras de los Estados Unidos, por ejemplo. Todo en tono de reproche fulminante. En consecuencia, se podía suponer la persistencia de principios inamovibles en materias tan preciadas por la retórica usual como la autonomía de la república y la supremacía de las decisiones nacionales, pero hete aquí que han sido borrados del mapa. Los horrores del chavismo-madurismo, debido a su profundidad, pero también porque no hubo manera de tirarlos nosotros mismos a la basura, han producido una mudanza redonda de paradigmas en materias como soberanía nacional y autonomía política, hasta el extremo de convertirlas en asunto superfluo y prescindible. Tan dignas de estropajo, que ya son motor de un aseo público muy aplaudido.
De lo cual se desprende, como se sugirió al principio, la aparición de situaciones inéditas ante las cuales apenas damos unos pasos tan inesperados y tan aparentemente alejados de la historia patria que necesariamente se caracterizan por la vacilación, o por la contradicción. Tan enemistados con España y tan apegados a ella, dijo el marqués de Pumar en Barinas cuando los criollos se levantaron contra Fernando VII. Todo terminará siendo vano, concluyó, porque el becerro no se puede alejar de la querencia. Quizá la reminiscencia sea tramposa a estas alturas, porque hemos recorrido como sociedad trechos gigantescos de crecimiento que son pruebas de madurez en materia de civilización y modernidad. Sin embargo, es profundamente curioso no solo el no advertir que ahora somos colonia de nuevo, sino que, para mayor sorpresa, nos regocijemos en la dependencia.
Jamás había pasado una cosa semejante desde el aclamado reinado de Boves, gritaría hoy cualquier provocador de redes sociales.