Del silencio del miedo a la plenitud ciudadana

Recuperar la palabra no es solo hacer política: es recuperar la condición humana. Porque una nación solo puede volver a existir plenamente cuando sus ciudadanos vuelven a hablar sin miedo.

El invierno del silencio

Hay momentos en la historia de una nación donde el aire se vuelve denso, casi sólido, un ambiente espeso que hace imposible la vida cotidiana de otrora. El 28 de julio de 2024 no fue solo una fecha electoral, fue el inicio de una fractura profunda. Lo que siguió no fue el debate vigoroso que toda democracia exige tras un proceso comicial, sino el despliegue de una sombra que se extendió sobre cada esquina, cada hogar y cada pantalla digital.

La represión no es solo acto de violencia; es, sobre todo, la instauración de un silencio preventivo. Miles de personas, muchos de ellos amigos, compañeros de ruta, activistas con quienes compartimos sueños y mapas de futuro, fueron arrebatados del espacio público. En esa terrible realidad, el repliegue no fue una opción, sino una estrategia de supervivencia. Fue, para muchos de nosotros, un exilio interior. Un invierno de ideas contenidas donde el pensamiento seguía fluyendo, pero la voz permanecía afónica.

El deshielo de enero

El tiempo político no es lineal. Tras el 3 de enero, algo comenzó a mutar en el ambiente. No es que los riesgos hayan desaparecido por completo, pero la atmósfera de terror absoluto parece ceder ante una recurrente y pertinente resiliencia colectiva. En la calle, el miedo ya no es ese muro infranqueable que nos impedía mirarnos a los ojos. Hay un alivio, una grieta por la que vuelve a filtrarse la luz.

Este cambio de clima me llevó a la siguiente reflexión: la libertad de expresión no es un privilegio del que se pueda prescindir en tiempos de crisis, es la herramienta fundamental de la cual depende nuestra condición humana. Cuando recuperamos la voz, no solo estamos emitiendo sonidos o publicando caracteres, estamos reclamando nuestra propiedad sobre la realidad. Estamos diciendo, de forma clara, que seguimos aquí.

Hannah Arendt y la atomatización

Para entender la gravedad de lo que vivimos cuando nos vemos obligados a callar, debemos citar a Hannah Arendt. En su obra La condición humana, Arendt nos enseña que el hombre no es un ser plenamente político en la soledad de su mente. La política solo ocurre en lo que ella llama el «espacio de aparición»: ese lugar intermedio que surge cuando los hombres actúan y hablan juntos.

Arendt nos dice, también, que todos somos humanos, pero nadie es igual a otro. Esa distinción solo se hace visible a través del discurso. Cuando un sistema represivo impone el silencio, lo que está haciendo es destruir ese «entre-dos», ese mundo común que nos vincula. El objetivo último del autoritarismo no es solo que no hablemos, sino que dejemos de vernos los unos a los otros como interlocutores válidos. El silencio nos atomiza. Nos convierte en islas de angustia incomunicadas. Al dejar de expresar nuestras ideas, el mundo que compartimos empieza a desmoronarse, y lo que queda es un paisaje de sombras donde el poder puede operar a sus anchas.

El miedo como herramienta de control

El miedo es un arquitecto eficaz. No necesita guardias en cada puerta si logra instalar un guardia en cada conciencia. El mecanismo de la autocensura es, quizás, la forma más insidiosa de control social. Es el momento en que el ciudadano se convierte en su propio carcelero.

El miedo fractura el tiempo: nos impide recordar lo que somos y nos prohíbe imaginar lo que podríamos ser. En economía, mi área de experticia, sabemos que la incertidumbre paraliza la inversión; en la política, el miedo paraliza el alma. Una sociedad que teme hablar es una sociedad que no puede diagnosticar sus propios males y, por lo tanto, no puede proponer sus propias curas. El rol del miedo en la coartación de la expresión es crear un «efecto de paralización». No hace falta encarcelar a todos, basta con encarcelar a los suficientes para que el resto decida que el precio de la verdad es demasiado alto.

Vivir en la Verdad: El legado de Havel

Václav Havel, en su ensayo El poder de los sin poder, describe cómo el sistema postotalitario se sostiene sobre una red de mentiras que todos aceptan para no tener problemas. El panadero pone el cartel con una consigna en la que no cree, solo para que lo dejen en paz. Pero, en el momento en que alguien decide dejar de actuar como si creyera en la mentira, el sistema entero tiembla.

Expresar nuestras ideas, después de un periodo de silencio forzado, es un acto de honestidad. Es rechazar la farsa. Es decir que nuestra lealtad principal no es hacia un partido o un líder, sino hacia la realidad. Esa transición del «bajar el perfil» al «recuperar la palabra» es el paso de la supervivencia a la existencia.

La palabra como ingrediente de la plenitud

Llegamos así al punto final y más trascendente: ¿por qué sentimos esta urgencia de hablar, incluso cuando el riesgo persiste? Porque somos seres verdaderamente humanos al ser seres de lenguaje.

La plenitud humana no se alcanza en el simple hecho de estar vivos y seguros. Se alcanza en la participación. El ciudadano pleno es aquel que puede aportar su perspectiva al gran mosaico de la identidad nacional. La discusión de ideas no es un ejercicio intelectual árido, es el tejido de nuestra dignidad. Cuando discutimos sobre el futuro económico del país, cuando debatimos sobre justicia o libertad, estamos ejerciendo nuestra humanidad.

La expresión es el puente entre mi mundo interior y el mundo de los demás. Sin ese puente, estamos encerrados en nosotros mismos. Por eso, al volver a escribir, al volver a debatir, no solo estamos haciendo política; estamos volviendo a la vida. Estamos reclamando nuestro derecho a ser ciudadanos integrales, dueños de nuestro destino y de nuestra palabra.

Un Compromiso Innegociable

El miedo puede ganar batallas temporales. Puede imponer inviernos largos y silenciosos. Pero la necesidad humana de comunicarse y de buscar la verdad es una fuerza de la naturaleza. Hoy, al sentir que el miedo retrocede, nuestro compromiso debe ser no volver a ceder ese territorio. La libertad de expresión es el oxígeno de la libertad política.

Como ciudadanos, nuestra tarea es mantener vivo el espacio de aparición, nutrir la discusión con ideas sólidas y defender el derecho de cada venezolano a decir lo que piensa sin que eso signifique perder su libertad o su paz. Porque solo a través de la palabra compartida podremos, finalmente, alcanzar la plenitud de una nación que no solo sobrevive, sino que vive, sueña y construye en libertad.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.