Los escombros de la revolución

La captura de Nicolás Maduro en 2026 marcó el derrumbe simbólico de un proyecto que se presentaba como invencible, pero que terminó consumido por sus propias contradicciones. Lo que queda no es poder ni gobierno, sino las ruinas de una revolución que prometió redención y dejó devastación.

Ninguna revolución busca resolver, sino destruir. Para Trotsky, las revoluciones surgían como una suerte de “inspiración devastadora y letal” en la que el primer objetivo del sujeto revolucionario es aniquilar el gobierno. Gobernar sugiere institucionalidad democrática, y en revolución no hay cabida para eso. Anulado el orden anterior, hoy todo pasa por el filtro impuesto por la revolución. Así las cosas, lo que ayer era gobierno mañana es batalla, y al enemigo hay que perseguirlo, humillarlo, exiliarlo a como dé lugar, porque de su derrota depende la preservación del orden revolucionario y, por supuesto, la continuidad de la revolución.

Atención, adeptos y detractores: si en algo pueden estar de acuerdo es que, para el sujeto revolucionario, la revolución nunca estará completa. Siempre estará a punto de una gloria tan, pero tan cercana, que, así nadie la logre ver, te aseguran que está ahí, ahí en nuestras caras. Así, el sujeto revolucionario inmortaliza su imagen y legado, instalándose en el inconsciente colectivo de sus paisanos a punta de changas, memes y abuso de poder institucionalizado.

A saber: mientras un gobierno democrático se rige por los márgenes de una Constitución ajustada a los derechos ciudadanos, para el sujeto revolucionario todo esto son solo obstáculos para preservar la revolución. Entonces, así como los gobiernos democráticos son transitorios y trabajan en la mejora del territorio y la ciudadanía, la revolución es para siempre y su significado cambia de acuerdo con la voluntad del sujeto revolucionario de ocasión. Y a quien no le guste, que se agarre, porque aquí las cosas son como la revolución dice y se acabó.

Después de todo, todo llega siempre de algún modo

Si relatar el chavismo es una enciclopedia de la destrucción, la respuesta corta a cuál es el éxito de la revolución bolivariana es, sin duda, el desmantelamiento absoluto de las instituciones y de la vida civil, que en el caso venezolano vive su primer mes desde el golpe más duro —incluso más que la muerte de Chávez— que ha recibido en su historia: la captura de Nicolás Maduro por orden de Donald Trump.

El 3 de enero de 2026 marcó el fin de una revolución que se vendía como invencible, pero que terminó implosionando ante la bota del norte, revelando que su fortaleza era solo escenografía. Comprar la narrativa de que Delcy está en campaña (“Delcy, avanza, tú tienes mi confianza”, el grito de guerra de una presidenta encargada por la que nadie votó) es una ingenuidad. Un mal gobierno puede ser corregido; una revolución, en cambio, es una serpiente de muchas cabezas, una fuerza ninfómana incapaz de saciarse, que, si no tiene enemigos, los inventa, porque no puede respirar sin el oxígeno del conflicto.

Para bien o para mal, la operación Southern Spear no fue una invasión, sino una autopsia asistida. Las revoluciones son monstruos contradictorios: por lo general no se tumban desde fuera; se marean y se caen cuando las contradicciones gangrenan el cuerpo del sistema.

El Imperio simplemente dejó que el desastre madurara lo suficiente. Así que, aunque el día que Nicolás despertó en una celda de Nueva York el chavismo técnicamente “seguía ahí”, lo que queda no es gobierno ni poder: son solo los espasmos de un cuerpo al que se le están desprendiendo las carnes. Son, literalmente, los escombros de la revolución.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.