
El show de Jorge Rodríguez
La visita de Jorge Rodríguez a Zona 7 no fue un gesto institucional ni una respuesta judicial: fue una escenificación del poder frente al dolor.
Jorge Rodríguez se presentó en Zona 7, en Boleíta, donde desde hace días un grupo de madres y familiares permanece en vigilia por la liberación de presos políticos. La visita no estuvo precedida por un comunicado institucional o una resolución judicial que acompañara su anuncio. Se trataba de la presentación personal del poderoso en el lugar de la protesta, donde afirmó que “la semana que viene” los detenidos serían liberados.
Semejante frase, en el contexto de unas familias agotadas por la larga resistencia a la intemperie —sin comida ni hidratación adecuada, sin baños, sin respuesta de las autoridades— no fue información administrativa. Fue una promesa directa formulada ante quienes llevan meses enfrentando silencio y opacidad.
Pero el compromiso no vino en una esfera de sobriedad y respeto al suplicio de esas personas, sino con un equipo de grabación atento al abrazo del hermano presidencial con una mujer que lloraba y representaba la gratitud del evento. El gesto fue difundido de inmediato, con el funcionario en el centro del encuadre y el dolor alrededor.
Horas después, varias de las madres que pernoctan en el lugar declararon no conocer a la mujer que protagonizó el abrazo y aseguraron que no forma parte del grupo que sostiene una vigilia que las ha compactado y convertido en una familia ampliada. La platinada llorosa no era del grupo y nunca la habían visto por allí.
Madre de tapa amarilla
En redes se han difundido versiones sobre la identidad y filiación política de la mujer, pero hasta ahora no existe confirmación. Lo que sí consta es que las madres presentes no la reconocen como una de ellas y que la primera vez que la vieron fue cuando llegó Rodríguez con sus cámaras.
En un espacio cuya autoridad moral proviene del sufrimiento concreto y de la injusticia cometida contra quienes reclaman la libertad de sus hijos, esa sustitución no es un detalle. Es una alteración del sujeto del dolor. La escena pone en el centro una representación que, según las propias manifestantes, no corresponde al colectivo que sostiene la protesta.
La gravedad del episodio no se agota en esa fisura. Jorge Rodríguez integra, junto a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, el núcleo más cerrado del poder político venezolano. Ha defendido públicamente las detenciones y forma parte de la estructura que decide, respalda y justifica esos procesos. No es un tercero que interviene para resolver un conflicto ajeno. Es parte del poder que lo ha producido.
Ese hecho vuelve la escenificación especialmente severa. El mismo poder que ha sostenido la reclusión arbitraria se presenta ahora como dispensador de la libertad. No comparece para explicar la falta de garantías ni para asumir responsabilidad por la prolongación de la incertidumbre. Entra en escena para anunciar, en primera persona, la eventual concesión de aquello que el propio sistema retiene; y, no contento con eso, organiza un circo con figurante incluida para encarnar el papel de madre de un detenido político. Más que eso: madre de un secuestrado que se le cuelga del cuello, rota en llanto, agradecida con el salvador.
Recuerdos de Amuay
La teatralización no es un rasgo incidental en esta tradición política. Desde sus inicios, el chavismo convirtió el espectáculo en instrumento de gobierno. Tras la explosión del 25 de agosto de 2012 en la Refinería de Amuay, que dejó 48 muertos, al menos 151 heridos y más de 1.600 viviendas afectadas, Chávez se presentó en el lugar con una caravana de vehículos blindados y un séquito de enfluxados para decir: “la función debe continuar”.
La causa inmediata había sido una fuga de gas, pero en los días posteriores el régimen habló de sabotaje, una explicación recurrente frente a fallas estructurales. Especialistas y trabajadores del sector señalaron graves deficiencias de mantenimiento y deterioro operativo acumulado. La discusión sobre responsabilidades quedó diluida entre versiones contrapuestas, mientras el énfasis público se desplazó hacia la narrativa política. La atribución a sabotaje se convirtió en una constante explicativa ante crisis que nunca fueron esclarecidas con transparencia.
Eso no tiene nombre
En Zona 7 no se trataba de una tragedia industrial. Se trataba de personas encarceladas por decisiones políticas sostenidas desde el poder. Y el funcionario que integra la cúpula que respalda esas decisiones entró en el lugar donde se concentra el daño para convertir la expectativa de libertad en escena propia.
Eso es lo que vuelve el episodio moralmente inaceptable: no la torpeza de un gesto, indicio de una degradación sin fin, sino la manipulación del sufrimiento acumulado para usarlo como recurso de legitimación.
Las madres no fueron interlocutoras de una rendición de cuentas. Fueron puestas como fondo humano, como decorado de una promesa administrada por quien forma parte del aparato que hizo posible el horror y lo mantiene.
El poder que ejecuta la llamada Operación Tun Tun —que detiene y saca a rastras de madrugada, que encarcela familiares, que mantiene en reclusión en condiciones denunciadas como inhumanas, que tortura según testimonios documentados, que incomunica, que niega alimentos y medicinas, que impide la defensa efectiva, que proscribe la libertad y administra la morosidad como castigo extra— ahora decidió también apropiarse del momento de anunciarla. No para restituir un derecho con sobriedad institucional, sino para exhibir la potestad de concederlo. La escena, lejos de corregir la injusticia, la subraya.
Ese mismo día, 6 de febrero, mientras Jorge Rodríguez convertía la esperanza de libertad en show mediante la utilización de las madres de Zona 7, José Luis Rodríguez Zapatero aterrizaba en Caracas invitado por el oficialismo para respaldar la llamada ley de amnistía. Dos movimientos sincronizados. En el frente interno, el poder que retiene prometía liberar. En el frente externo, un expresidente europeo, figurón de la izquierda, prestaba su investidura como coartada de respetabilidad democrática. La operación hablaba en doble registro: a las madres se les ofrecía esperanza administrada; al mundo, apariencia de reconciliación.
Zapatero no llegó como espectador neutral. Nunca lo es. Llegó como actor habitual de la comparsa oficial, dispuesto a empapar en retórica de diálogo una maniobra cuyo eje no es la restitución de derechos, sino la gestión política de la libertad. Su presencia no equilibró la escena: la reforzó. La empeoró.