
El papel del tiempo
Mientras el interinato entra en un proceso de descenso, las fuerzas democráticas han ganado algo menos visible, pero más importante: madurez, amplitud y una comprensión más realista del momento histórico.
La gran mayoría de los comentaristas ha estado sosteniendo que el paso del tiempo favorece la consolidación del interinato. Para mí está claro que la situación ha sido, y sigue siendo, la contraria. Veamos unos cuantos ejemplos.
El paso del tiempo ha permitido un ajuste de las expectativas colectivas. A raíz del tres de enero, esas expectativas estaban desbocadas. Por un lado, muchos pensaron que la salida de Maduro iba a traer una mejora rápida y visible de la situación del país, incluso con el gobierno en manos del interinato. Por otro, se pensaba que sería posible un rápido cambio político, con Edmundo González y María Corina Machado asumiendo el gobierno en el corto plazo, e igualmente con una pronta mejoría de la situación colectiva.
Ni una ni otra cosa han sucedido. Ello ha permitido una reflexión colectiva más serena, que hace caer en la cuenta de que los problemas del país han llegado a ser demasiado profundos y que, por lo tanto, era irreal pensar que el interinato, siendo lo que es, pudiera hacer mayor cosa para bien. Pero más importante aún es que esa reflexión, impulsada por la fuerza de las cosas, ha abierto los ojos al hecho de que tampoco será fácil para un nuevo gobierno producir cambios notorios en el corto plazo.
La gran diferencia está en que, mientras el interinato está por completo desprovisto de recursos intelectuales y morales para proceder a los cambios necesarios, un nuevo gobierno estaría bien apertrechado para cumplir esa tarea. Pero ahora, y es lo que queremos subrayar, en un clima más realista de expectativas colectivas, que el paso del tiempo ha permitido madurar.
Un segundo aspecto de los efectos del paso del tiempo ha sido poner en evidencia las limitaciones del gobierno interino para dar pasos positivos en aras de la solución de los problemas. Sin que ello significara que quienes tuvieron expectativas favorables al respecto fueran a convertirse en partidarios del gobierno, no fueron pocos los que pensaron que algo sustantivo se podría mejorar, facilitando así la tarea de un nuevo gobierno, cuya llegada de todos modos se seguía deseando mayoritariamente.
No es cosa de alegrarse mucho —por lo que ello significa para la gente— que el interinato se haya mostrado tan incapaz de mejorar algo. Pero, puesto que estamos hablando de si el paso del tiempo ha consolidado su posición, ese transcurso, al haber puesto en evidencia sus limitaciones, ha sido un factor de creciente debilidad. El tiempo ha enseñado que no hay mayor cosa que esperar del interinato, y cada vez menos con cada día que pasa.
Otro efecto del paso del tiempo que hay que reseñar es la maduración interna de las fuerzas democráticas. Se ha tomado conciencia de que hay que ampliar al máximo las bases sociales y políticas de un nuevo gobierno y del proceso de reconstrucción nacional.
Este es un punto muy a favor del liderazgo democrático, encarnado en una persona que, dada su notoriedad y el respaldo de la amplia mayoría de las fuerzas democráticas, pudiera haber sido presa de la tentación de la suficiencia y el sectarismo. No ha sido así, y creo que el tiempo ha jugado su papel en la adopción de esa postura, al darle el compás necesario para ajustes nada fáciles.
El paso del tiempo ha permitido que las fuerzas democráticas y su liderazgo, por un lado, y el país del Norte, por otro, aclaren supuestos malentendidos, despejen el significado real de frases desconcertantes, entiendan mejor las exigencias, las paciencias y las impaciencias de cada lado, acompasen mejor los ritmos y, además, posibiliten —cosa nada menor— que la colectividad asista a ese proceso y, a su vez, se ajuste a él.
Otro elemento que me aventuro a mencionar es más especulativo. Creo que el gobierno interino y sus principales cabezas son hoy más conscientes que antes de la inviabilidad de su permanencia en el poder, de la fragilidad de su posición y del volumen de la marea nacional e internacional que se está formando en favor de un cambio político en Venezuela, marea que será, en definitiva, indetenible.
La lista podría extenderse. Pero lleguemos al «por último».
Por último, entonces, las fuerzas democráticas, gracias a los ajustes de las expectativas colectivas, a sus propios ajustes internos, al mejor entendimiento con el país que puso en marcha el plan de las tres etapas, a la actualización de los programas de gobierno y a la entrada del interinato en un proceso de descenso, gracias, decimos, a todo ello y a lo mucho más que pudiera añadirse, están en mejores condiciones que nunca para llevar a cabo un proceso de reconstrucción del país, dentro de un clima de tolerancia nacional y de mayor juridicidad que el que existía hasta hace no mucho.
El tiempo ha ido pasando y dejando sus efectos. Aún le queda algo por recorrer, pero, como decimos por aquí, «ya falta menos».